China vuelve a 2020

El Gobierno de Xi Jinping responde con las medidas más duras a la tardía expansión de la ómicron en el país

PekínCiudades confinadas, hospitales provisionales, centros de cuarentena, pruebas masivas y la previsión de contracción de la economía devuelven a China al escenario de los primeros tiempos de la pandemia, en 2020. El cierre de fronteras y la estricta política de covid cero no han conseguido frenar la llegada de la variante ómicron, que ahora se ha extendido casi por todas las provincias. El viernes el ministerio de Sanidad anunciaba más de 7.200 nuevos casos positivos en todo el país y durante el mes de marzo el número de contagios ha superado los 56.000. Son cifras ridículas comparadas con Europa o Estados Unidos, pero altísimas para los estándares chinos. Durante el primer brote en Wuhan nunca se registraron más de 4.600 nuevos casos diarios y apenas hubo contagios fuera de la provincia de Hubei. El confinamiento de Shanghái, ejecutado en dos fases, ha sido el golpe más duro, por lo que representa cerrar la capital económica del país y por las más de 25 millones de personas que viven allí.

El cierre, a pesar de ser escalado, ha provocado escenas de caos con ciudadanos intentando huir de los confinamientos, supermercados con estanterías vacíos y quejas de que las compras por internet no llegan a los domicilios por falta de repartidores. Pero lo que más preocupa a las autoridades son los problemas sanitarios, que disparan las críticas. Se ha denunciado que pacientes de diálisis o quimioterapia no han podido salir del domicilio y seguir el tratamiento en los hospitales. Y se ha confirmado que como mínimo dos pacientes de diálisis y dos más con asma han muerto sin ser atendidos. También se han situado en el centro de la polémica las instalaciones de cuarentena, donde se acumulan miles de personas que no tienen síntomas. Se han utilizado recintos feriales, como lo del Salón del Automóvil, que acoge más de 15.000 camas sin ninguna privacidad y con condiciones de higiene más que cuestionables. El gobierno municipal se ha dado prisa en pedir perdón y reconocer que no estaban preparados para el alto número de infectados. El servicio de ambulancias se ha visto desbordado y se ha tenido que aumentar un 50%.

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Pero el que pasa en Shanghái no deja de ser un ejemplo de lo que se ha vivido en otras ciudades chinas con menos repercusión mediática, como Shenzhen, Jilin o Xian. Y esta situación ha provocado una tendencia: teniendo en cuenta que la variante ómicron no suele desencadenar en casos graves, cada vez más población china se pregunta hasta qué punto hay que continuar siguiendo medidas tan estrictas para combatir el virus. Varios expertos ya apuntan que hay que relajar las directrices y empezar a convivir con el covid-19.

Xi Jinping, que continúa haciendo bandera de su gestión de la pandemia, se niega. Esta semana, un editorial de la agencia de noticias Xinhua cerraba taxativamente cualquier debate elogiando una estrategia supuestamente elaborada de manera directa por el presidente Xi Jinping. El ministro de Sanidad, Ma Xiaowei, reforzaba la idea asegurando que incluso una tasa baja de mortalidad significaría, en una población de más de 1.400 millones de habitantes, muchas defunciones que no se podían permitir. Las autoridades basan su rechazo de flexibilizar las medidas en la idea de que la inmunidad colectiva es débil y el sistema sanitario no está preparado para tratar el covid-19 como una enfermedad endémica.

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200 millones de pasaportes

China ha conseguido controlar el covid durante dos años con cuarentenas obligatorias para todas las personas que entran en el país, pruebas PCR constantes, confinamientos en las zonas donde se detectan casos y hospitalización de todos los positivos, además del seguimiento, a través de aplicaciones móviles, de todos los contactos. Son medidas que provocan cansancio a la población, puesto que coincidir en el transporte o en un centro comercial con un caso positivo implica ser sometido a pruebas y confinamiento durante unos días.

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Pero la mayoría de los chinos están conformes porque les han permitido llevar una vida casi normal desde la primavera de 2020. También están las dificultades para salir al extranjero, pero esto afecta a una pequeña parte de la población, puesto que solo unos 200 millones de chinos –de un total de 1.400 millones– tienen pasaporte.