Espanto en Washington: Trump se está quedando solo en la guerra en Irán

Llevamos tres semanas de bombas en Teherán –y en Tel Aviv, y en Beirut, y en Riad, y en Doha...– y la guerra, la tercera del Golfo, ha entrado en modo espinoso para Washington.

El escenario-resumen del momento actual podría ser el siguiente: la operación contra los ayatolás no está yendo como Trump imaginaba y el objetivo final es un misterio; el impacto global de la guerra es ya palpable en todas partes; el régimen de Teherán resiste, contesta y evoca la fuerza del martirio; Netanyahu dobla la apuesta en Líbano y crea una guerra paralela; las contradicciones abundan en la Casa Blanca y la división crece entre las filas republicanas; las encuestas insisten en que la mayoría de estadounidenses no apoyan la guerra; la inquietud de los europeos y otros aliados estadounidenses aumenta mientras se preparan para el impacto de un conflicto más largo de lo previsto.

Ante este paisaje, una pregunta interesante ha cogido fuerza en Washington en los últimos días: ¿Estados Unidos se está quedando solos? El interrogante se ha hecho urgente después de la negativa de los socios americanos, sobre todo los europeos pero también los del Golf, a participar en una misión internacional para reabrir el estratégico estrecho de Ormuz, blindado por Teherán con el objetivo de tensar la economía mundial y presionar a los hombres de Trump. El New York Times hacía juegos de palabras el miércoles: elAmerica First mutaba a la America Alone (América sola).

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El mensaje que las cancillerías europeas han enviado a la Casa Blanca esta semana ha sido contundente y, en algunos casos, sorprendente: "Esta no es nuestra guerra", se repetía, con mayor o menor claridad, desde Bruselas, París, Londres, Roma o, por supuesto, Madrid. Mención especial para Berlín. Alemania, que desde el inicio de la guerra se había alineado totalmente con Washington –y siempre con Tel Aviv–, viraba el martes con palabras de su ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius: "Esta no es nuestra guerra, no la hemos empezado nosotros". ¿Es un cambio de postura del gobierno de Merz? Lo parece, pero no hay que precipitarse porque Berlín ha demostrado ser la ciudad más transatlántica de Europa. Que le pregunten, si no, a la muy alemana Von der Leyen, experta genuflexión frente a Trump.

Pregunta extra: ¿La negativa a colaborar en Ormuz es un cambio de postura de Europa con Trump? Aquí es necesario ser aún más prudentes. La Unión Europea, también el Reino Unido, no tiene ningún interés en que esta guerra siga, pero sigue encontrándose en una posición de dependencia y, por tanto, de debilidad ante Washington. Los líderes europeos no plantarán cara a Trump mientras otra guerra de solución complicada, la ucraniana, esté en curso. Aunque el foco está ahora en Teherán, en Bruselas siguen pensando que el futuro del continente se decide en Kiiv.

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"¡No necesitamos la ayuda de nadie!"

Dice la prensa con orejas en la Casa Blanca que la frialdad de los países del Golfo con la guerra liderada por Estados Unidos ha irritado especialmente a Trump. El republicano esperaba una reacción más contundente de las monarquías amigas —y más después de que su territorio fuera objetivo de ataques iraníes—, pero la postura de la región había sido clara desde el inicio: nadie estaba interesado en una guerra que haría tambalear sus economías emergentes, que buscan en el turismo una alternativa de futuro al petróleo. A los gobiernos del Golfo, en cambio, la guerra de Irán les ha situado frente a una lección geopolítica que conocemos bien en Europa: dependencia significa vulnerabilidad. La desconfianza en Estados Unidos de Trump ha hecho que varios países ya estén buscando alternativas, como comprar tecnología de guerra en Ucrania.

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"¡No necesitamos la ayuda de nadie!", replicaba Trump, en modo rabieta, después de las calabazas de los aliados. Quizá tenga razón, y quizá la pregunta que debemos hacernos es si Trump necesita estar acompañado para hacer la guerra en Irán, en Cuba o en Groenlandia. O quizás se equivoca y las bombas contra Teherán –su acción exterior más arriesgada hasta ahora– acaban precipitando la degradación de la imagen internacional de Estados Unidos hasta un escenario de reconfiguración global en el que, probablemente, el gran beneficiado puede acabar siendo su gran competidor: Pekín.

"Somos un oasis de certeza en un mundo lleno de incertidumbre". Ésta es una de las muchas proclamas que esta semana escuché en el consulado de China en Barcelona, ​​en un encuentro para periodistas, pero con micrófonos apagados. Es interesante visitar el otro lado del tablero internacional para acercarse a la radiografía completa. El escenario-resumen, en este caso, es más sencillo: Trump lo imprevisible está reforzando el relato chino; Pekín afina la diplomacia para seducir al mundo como garante de estabilidad política y económica; sólo llevamos un año y pico de los cuatro que debe durar el segundo mandato del republicano; la complejidad del momento global es aguda.