La guerra en Irán destapa un grave problema de la industria militar de los Estados Unidos
Los tiempos de producción para fabricar buena parte del arsenal del Pentágono juegan en contra de Washington
WashingtonAntes de bombardear Teherán el 28 de febrero, la Casa Blanca ya sabía que el menguante stock de munición del Pentágono era un elemento determinante en la guerra. A punto de cumplirse tres meses de campaña en Irán, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, intenta convencer al Congreso de la necesidad de aprobar un nuevo presupuesto militar de 1,5 billones de dólares. Aunque oficialmente el Pentágono lo niega, este incremento del 40% en el gasto tiene como objetivo reabastecer el reducido arsenal del ejército. Pero el dinero no puede comprar el tiempo, y mucho menos puede hacer que de hoy para mañana se pueda fabricar un misil Tomahawk en menos de dos años. Irán está obligando a EE. UU. a afrontar por primera vez el problema que hace años que existe en el departamento de Defensa.
Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). Y eso sin contar toda la munición que ya se había gastado el año pasado en la Guerra de los Doce Días.
El problema de fondo, sin embargo, es el desequilibrio entre la rapidez con la que se consume la munición y la lentitud con la que se fabrica. Esta divergencia es consecuencia de la deriva de la industria armamentista de los Estados Unidos durante las últimas décadas. Ya a principios de los 2000 el secretario de Defensa de George Bush, Robert Gates, advertía que las armas que suponían el pilar central de la supremacía militar estadounidense necesitaban años para construirse y, en consecuencia, pedía invertir en una nueva generación de armas que representaran el "75% de las soluciones" pero que se pudieran hacer más deprisa y a menor coste.
La brecha que señalaba Gates a inicios de los 2000 se ha intensificado en los últimos años por la aparición de los drones baratos: los iraníes se han cansado de enviar enjambres de drones Shahed –baratos y rápidos de producir– contra los THAAD, que son caros y más lentos de reponer. El alto el fuego ha dado una leve tregua a los sistemas de defensa y de ataque del ejército estadounidense, pero ni de lejos resuelve los dos o tres años mínimos que necesitará para reabastecer parte del arsenal. Si nos basamos en el historial de producción reciente, la perspectiva de poder retornar el stock de munición a los niveles previos a la guerra se dibuja muy lejana. El año pasado, la marina compró solo 55 Tomahawks. Y este año, el Pentágono quiere comprar 785, un incremento de más del 1000% según destaca el Instituto Cato.
En marzo, Trump se reunió con los directores ejecutivos de las principales compañías armamentísticas de los EE. UU. para acordar cuadruplicar la producción de armamento. Las compañías que se comprometieron con los nuevos objetivos eran BAE Systems, Boeing, Honeywell, L3Harris, Lockheed Martin, Northrop Grumman y Raytheon. Bajo condición de anonimato, una trabajadora de Lockheed explicaba a el ARA por aquellas fechas que todo el departamento donde estaba trabajando había sido redirigido al área dedicada a la producción de los sistemas de control táctico de los misiles Tomahawk (TTWCS). A pesar de las prisas de la Casa Blanca, la mujer veía difícil que se produjera un cambio radical en los ritmos de producción porque implicaría un cambio estructural.
Fábricas de coches fabricando misiles
Un hecho que probablemente Trump también ya sabía, porque también ha tanteado a fabricantes de coches y otras compañías manufactureras para ayudar a acelerar la producción de armas. Un titular que parece propio de la Segunda Guerra Mundial, pero del cual se hacía eco el Wall Street Journal el mes de abril pasado. Desde antes de la guerra, altos cargos de Defensa ya habían conversado con ejecutivos de diferentes empresas, como General Motors y Ford, según revelaban fuentes conocedoras al medio.
Otro elemento que durante estos años también planeaba de fondo era una explosión que en 2021 hizo saltar por los aires la única fuente nacional de pólvora negra que tenía el Pentágono. Se trataba de una fábrica ubicada en Minden, Louisiana, y que era criticada por producir proyectiles de mortero, munición de artillería y misiles Tomahawk.
La pólvora negra, que es la pólvora original, es un material altamente combustible para el cual no existe sustituto. Este tipo de pólvora se usa en pequeñas cantidades para encender explosivos más potentes. Aunque se reconstruyó, durante más de tres años estuvo completamente parada la producción que suplía aquella fábrica. Además, volvió a subrayar la debilidad del tejido de pequeños proveedores que son claves a la hora de proveer el material que necesitan las grandes compañías para montar el armamento.
El último análisis elaborado por el departamento de Defensa en 2025 sobre el panorama de los proveedores del Pentágono subrayaba lo siguiente: "La DIB [Base Industrial de Defensa] se ha consolidado pasando de 51 proveedores que había después de la Guerra Fría a solo cinco grandes contratistas que hoy desarrollan los sistemas de armas más críticos. La DIB está estancada: construye los mejores sistemas de armas del mundo en pequeñas cantidades, mientras continúa dependiendo de piezas obsoletas, procesos de fabricación anticuados y una innovación estancada".