Instalaciones de Cre-A Impresiones de Cataluña.
14/06/2026
Periodista y escritor
3 min

1. En un apartamento cerca de Wimbledon Park, The Buggles grabaron su gran éxito musical. Video killed the radio star era mucho más que un vaticinio. La canción, de 1978, sentenciaba que el vídeo ya había matado a la estrella de la radio. Cosas veredes, pasados casi cincuenta años, sabemos que era un diagnóstico erróneo. Los líderes de la radio generalista continúan sumando oyentes mientras que, en cambio, ya hace décadas que hemos cantado las absolutas para las cintas VHS y para los aparatos que nos ocupaban medio mueble del comedor. La radio, por tanto, no la ha podido cargar nadie. Los libros, tampoco. Ni pantallitas, ni pantallotas, ni plataformas audiovisuales de catálogos infinitos que ofrecen chicle para los ojos. La radio y los libros han resistido. ¿Pero y los diarios? ¿Alguien se los cargará? 

2. El descenso del diario de papel, aquí y en todas partes, es constante y no tiene marcha atrás. La muerte de los quioscos, visible y cruel, es a la vez síntoma y consecuencia de este fenómeno imparable que cada cabecera pasa como puede. A medida que los lectores habituales vamos cambiando de barrio, y ya no podamos informarnos de las miserias terrenales, las rotativas irán apagando sus motores. La distribución de la información cambia de canal, pero ahora las noticias en línea llegan más lejos y a más gente que nunca. En la última década, y gracias a los formatos digitales, un asesinato en la calle Balmes, las preguntas del examen de selectividad o la nueva necesidad del Barça de endeudarse aún más para pagar las obras, ya no tienen miles de lectores sino cientos de miles. Las cifras de audiencia de los diarios, tanto los de pago como los que regalan los contenidos, se cuentan por millones de usuarios únicos mensuales. Pero cuando todo parecía que se enderezaba por este camino, llega la inteligencia artificial y todo se va al garete.

3. Los diarios precisamente en las últimas semanas hemos explicado el lamento de los libreros de viejo. De repente se encuentran con que las empresas vinculadas a la IA les compran libros de segunda mano, en grandes lotes. El objetivo es succionar toda la información que hay en estos volúmenes –de temáticas interesantes o de contenidos absurdos– para poder proveer de más conocimientos a las bases de datos de la IA. Lo grave del caso es que, una vez aspirada la información, estos libros se estropean. Para escanearlos, se trituran y se tiran al margen del valor que puedan tener. No hace falta decir que este batiburrillo del patrimonio cultural también ha llegado a las novedades editoriales y a los libros de primera categoría. Mientras la prensa se fija en esto, que es un gran tema periodístico, no se da cuenta de que los mismos diarios son los que están perdiendo bueyes y rabo por la IA. 

4. Hasta hace poco –hablo quizás de hace un año–, cuando buscábamos una información en línea, sobre el caso Pujol por ejemplo, el buscador nos daba opciones. Nos enlazaba con el ARA o El Periódico, El Confidencial o La Vanguardia. El Google de turno nos lo ordenaba, pero nos enviaba a los medios y hacíamos clic donde queríamos. Ahora, por defecto, para cualquier pregunta que hacemos de entrada encontramos una respuesta generada por IA. Es un resumen hecho por ella misma, a partir del compendio de todas las informaciones que los diferentes periodistas de los diferentes medios han trabajado y han publicado. No cita las fuentes y, más grave todavía, no te remite a ellas. La IA se hace la sabia porque ha succionado todo el trabajo de todos los diarios, de aquí y del mundo, y los dueños de los medios y las asociaciones de prensa ni protestan, ni se quejan, ni se manifiestan. Les han robado todo el contenido presente e histórico, el negocio se les puede ir al garete en cuatro días y ¿no son capaces de organizarse para interponer una demanda como Dios manda a las empresas de IA? Si no ponen remedio, es muy evidente quién matará los diarios. Claro que, de vaticinios errados, el mundo está lleno. 

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