El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sube al Air Force One para salir de Miami con destino a Dover (Delaware).
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Jefe de Internacional
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Antes de lanzar las primeras bombas sobre Teherán, el Pentágono realizó cálculos militares y políticos, difundiendo un pronóstico: la guerra en Irán durará cuatro semanas. Los cálculos del Pentágono, que fueron pactados con el presidente Trump, desafiaban una norma histórica: es fácil empezar una guerra y difícil terminarla. Albert Camus lo definió con literatura más sofisticada: "Cuando estalla una guerra, la gente dice que esto no puede durar, que es demasiado estúpido. Y, sin duda, una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre". La Peste, 1947.

"La guerra durará lo necesario", rectificaba Trump hace una semana, en su primera comparecencia tras la furia contra los ayatolás. Volvía a rectificar este lunes: "La guerra está prácticamente terminada". Los constantes giros de guión -especialidad trumpista, eso sí- no son un buen síntoma en política y menos en doctrina militar. Estados Unidos aún está a tiempo de acabar el trabajo en cuatro semanas –solo han pasado diez días–, pero en Washington suenan las primeras alarmas. ¿Y si la guerra no está yendo cómo el presidente y el Pentágono calculaban?

Pese a la mayúscula muerte del líder supremo Jamenei, el régimen iraní sigue vivo, bombardeando con suficiente eficacia y haciendo temblar la economía global. Teherán llevaba décadas preparando para sobrevivir a un ataque de Estados Unidos, y el nombramiento del hijo de Jamenei como líder supremo es un mensaje desafiante para Washington: Irán luchará antes de arrodillarse ante las exigencias del republicano, que quería participar en la elección del cargo. La estrategia del régimen parece clara: alargar y esparcir la guerra todo lo posible para poner la Casa Blanca en una situación cada vez más incómoda. Nadie, salvo Israel, quería la guerra. Las economías emergentes de los países del Golfo la temían tanto como los europeos, cada vez más divididos y arrastrados al conflicto. Las bolsas del mundo se desploman y el barril de petróleo superaba los 100 dólares, valor máximo desde el verano de 2022, año de inicio de otra guerra mal calculada: la invasión rusa de Ucrania.

"¿La guerra de Trump contra Irán es estúpida?", podría preguntarse hoy Camus. La mayoría de estadounidenses parece que así lo consideran. Sólo el 27% de la población apoya. Sondeos recientes dicen que Trump perdería las elecciones de medio mandato de noviembre con un 44% de los votos, por el 56% demócrata. Boom. La prensa de Washington insinúa que el gobierno está improvisando y que, en la Casa Blanca, crecen las dudas sobre los superlativos costes de una ofensiva que parece encargada por y para Netanyahu.

La operación iraní es la más arriesgada que ha iniciado Trump en sus dos mandatos. El objetivo final sigue siendo difuso, porque la versión oficial de la administración republicana ha ido variando. La lectura que se impone es que Estados Unidos quiere, sobre todo, derrocar al régimen y mutarlo hacia una forma que se adapte a los intereses de Washington y Tel-Aviv en la región. Pero la historia de las guerras –es decir, de la humanidad– evidencia que suelen necesitarse boots on the ground (tropas sobre el terreno) para conseguir metas tan elevadas. ¿Está dispuesto Trump a romper el tabú y enviar uniformes yanquis a Irán? El secretario de Defensa, Pete Hegseth, admitía que es un escenario que no se descarta, e informes de la inteligencia estadounidense concluyen que sería necesaria una ofensiva terrestre para derribar a los ayatolás. De momento, ocho soldados de EEUU han muerto en la operación iraní de nombre hollywoodiense: operación Furia Épica. Enviar tropas nos adentraría en contexto mucho más imprevisible. La apuesta también supondría más cadáveres estadounidenses en Oriente Medio, trauma nacional.

Antes de asumir tantos riesgos, el Pentágono deberá volver a realizar cálculos militares y, sobre todo, políticos. Y Trump, presionado por el horizonte de urnas en noviembre, puede dar la guerra por terminada en cualquier momento y presentarse ante la población como ganador por descabezar el régimen y haber dañado –no se sabe hasta qué punto– el programa nuclear iraní. Pero esa salida también puede salirle cara electoralmente. Básicamente, porque será difícil creerlo. Como la justificaría la propaganda trumpista después de que el propio Trump verbalizara que quiere "la rendición incondicional de Irán"? El New York Times explicaba que, antes del ataque, generales estadounidenses advertían a Trump de que Teherán no es Caracas y que los riesgos de una guerra larga –o sin salida– eran palpables.

El problema es el síndrome de la Quinta Avenida de Nueva York, buena metáfora del momento geopolítico actual. "Podría plantarme en la Quinta Avenida y empezar a disparar a la gente y estoy seguro de que no perdería votantes", dijo Trump en el 2016, en plena campaña, cuando nunca había sido presidente. En el último año, el republicano bombardeó siete países. America First ya tiene tan pocos fundamentos como su candidatura al Nobel de la Paz –que, por cierto, es mejor no descartar–. Avance como avance la guerra, la conclusión ya es dolorosa: el mundo es ahora la Quinta Avenida de Trump; la avenida Tverskaya de Putin; la avenida Rothschild de Netanyahu; y pronto puede ser la avenida Chang'an de Xi Jinping. ¿Qué avenida tenemos los europeos?

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