Un estuche en un aula en Barcelona
17/05/2026
Periodista y escritor
3 min

La nueva-vieja pedagogía es textil. Poliéster, algodón, lana, lino, seda… Pero también influenciada por otras corrientes: celulosa, caucho, polietileno, PVC… Hay padres que apuestan por este tipo de educación. Como buenos progenitores, piensan en el futuro de sus criaturas: España debe abrigar Cataluña.

Cualquier persona, o animal, puede darse cuenta, incluso sufriendo estrechez de miras, de que hay salpicada de chiquillos que va a la escuela acompañada de España con material de mil formas diferentes. Brotan, acelerados, carritos de P3, P4, P5 que llevan ataditas banderitas españolas en los mangos de conducción del mañana. Se reproducen en las mochilas, bolsas de deporte, fiambreras, de primaria, ESO, más emblemas del imperio educativo de España ondeando por las cremalleras. Si vamos subiendo las escaleras formativas, en bachillerato las pulseras, collares, cadenitas, todo útil que toque la piel y el alma, corona la cima del reino. Todo esto, claro está, es superficial.

El textil identitario español, como los Gremlins, se reproduce por el grifo, la fotosíntesis o la autoayuda socializada. Los niños hablan solo en ropa verbal española. La moda que no pasa de moda. La cosa española es casual, básica. Muchos profesores hacen de modistos y ya no dan las clases en la lengua que toca, y el estilo ya se va definiendo. Así se van haciendo mayores con los trajes a medida. Y todo el mundo sale con el título de bien abrigado, ataviado, uniformado. Pero, claro y científico, no hay adoctrinamiento, porque todo el mundo sabe que solo se adoctrina en catalán.

Como dijo el oftalmólogo: la ropa entra por los ojos. Y después, pegado a la botella de aguarrás, añadió: he visto cosas que vosotros no os creeríais. He visto pueblos y ciudades llenos, repletos, rebosantes de esteladas, senyeras, durante años y años. Fue una moda nunca vista. Fue una salida del armario, la cómoda, el sofá únicas en la historia de este país sin pasarela. Ahora, la mayoría, están guardadas en casa, o rotas, quemadas entre bastidores. Como siempre hace el catalán después de la guerra: vive porticones adentro. En el búnker, en la madriguera, en el ataúd, a zurcir, a planchar las heridas.

El botín del Proceso fue la bandera de la lengua. Y la calle. Y el aire. Y el todo. Pero sobre todo el futuro. Estos niños envueltos de vendas como momias antes de tiempo. Esta chiquillería que cree que lo catalán era propio del pleistoceno inferior. Que los gatos solo saben hablar castellano y que Dios, Superman o los Pokémon de todas las lenguas del mundo solo no entienden la de aquí. Extranjeros en casa nuestra. Inmigrantes sin marcharse. Parías en la propia tierra. Señalados. Subrayados. Insultados. Apaleados. Por no ir a la moda de la dictadura democrática: legal, moral, ecológica, nutritiva… Todo lo que haga falta para imponerse con una sonrisa de flash al prêt-à-porter del día a día.

Cataluña lideró la moda durante la Corona Catalano-aragonesa. Otros reinos peninsulares y europeos copiaron los modelos propios catalanes. Cataluña fue la fábrica textil de la piel de toro y de Europa con la Revolución Industrial. Ahora estamos (muy) empobrecidos y parece que algunos no lo sabían (el Informe Fénix lo explica para burros con estudios). No nos hemos querido mirar al espejo y nos hemos engordado y no nos va la ropa. Ni física, ni espiritual, ni muscular. Cambiaos ya de camisa, pantalones, bragas, calzoncillos. El Proceso no era eso de estos años atrás. El Proceso, real, empieza ahora. O vestidos, o en pelota picada.

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