Pedro Sánchez no pierde oportunidad, siempre corre allí donde ve petróleo. Esta semana León XIV paseará por España y el presidente ha decidido acompañarle a Canarias, territorio de llegada de muchos de los que vienen a buscar trabajo, para tratar en directo la cuestión de la regulación de inmigrantes, a la que el Papa apoya, mientras que la derecha española (con Vox marcando el paso) ha hecho de la criminalización de la inmigración uno de los temas recurrentes de sus ataques al gobierno.
Y, sin embargo, caben muchos interrogantes sobre el enorme aparato que acompaña esta visita. Es cierto que este papa ha comenzado con buen pie, entre otras cosas porque su condición de americano le da un buen conocimiento del Imperio desde dentro –y de los riesgos que corre la sociedad americana, y con ella todos juntos–. Y se ha erigido en una voz anti-Trump, en un momento en que los delirios del presidente le han convertido en una amenaza global y han debilitado seriamente la imagen de los Estados Unidos.
Pero el despliegue de masas que se espera que genere esta visita, fomentado desde arriba especulando con el aura sagrada del pontífice, no puede hacer olvidar la realidad en sus diversas decantaciones: que el peso de la Iglesia católica en Cataluña (y también en el conjunto de España) hace décadas que decrece y que el número de practicantes cae en picado, al mismo tiempo que se extiende el agnosticismo, pero también otras creencias. Basta con asomarse a algunas iglesias de Barcelona un domingo por la mañana para ver la realidad.
Hay problemas que desafían el más elemental respeto entre humanos, como es la pederastia, que goza de práctica impunidad en la Iglesia española (así lo cree el 71% de la población en una encuesta reciente). El País señala siete cardenales y 61 obispos españoles que protegen a los culpables negándose a afrontar la realidad. Un doble lenguaje que no tiene nada de ejemplar. Querer mantener artificialmente el nacionalcatolicismo es un vicio corporativo insostenible. Y más cuando en España el agnosticismo es creciente y el catolicismo está lejos de ser la única creencia, con la presencia de otras religiones, empezando por el islam al alza.
Los católicos tienen todo su derecho a llevar al Papa y darle la máxima proyección posible. Lo que es más difícil de entender es que los poderes públicos se arrodillen y se inclinen ante su autoridad, cosa que alimenta aún más la vieja fantasía de la España eterna y católica. Bienvenido, León XIV, sin perder el país y el mundo de vista.