Hay palabras que todo el mundo sabe que saldrán en los titulares, y por eso mismo se pronuncian. Es el caso del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, con la frase "No queremos a esta gentuza en nuestra ciudad", referida a las bandas organizadas que usan armas de fuego para matarse entre ellas. Gentuza suena enérgico. Es un ejemplo arquetípico del fin del lenguaje políticamente correcto y es el tipo de expresiones que la extrema derecha ha depredado en la calle para transmitir una contundencia próxima a la pena de muerte y para empatizar con el votante asustado. Es el lenguaje que una parte de la izquierda ha ido adoptando para no quedarse atrás cuando empezó a admitir, demasiado tarde, que las políticas públicas de seguridad eran de izquierdas, porque la derecha rica siempre podía pagarse una seguridad privada.
Gentuza, sin embargo, es demasiado fácil, porque al mismo tiempo que rebaja la categoría de los delincuentes por debajo del umbral de las personas, describe de manera incompleta un grave fenómeno criminal que produce homicidios con armas de fuego en las calles de una capital tenida por segura como Barcelona.
De gentuza las hay de muchos tipos, pero aquí no estamos hablando de categorías morales y de comportamientos indeseables, sino de crimen organizado, de aquello que la consejera Parlon ha calificado de "industria criminal que hay detrás de las drogas", de la delincuencia que en otros países ha comprado, amenazado y matado a particulares, policías, políticos y jueces hasta devenir simultáneamente el crimen y la ley que controla el territorio de facto a través del terror. Las unidades de investigación de los Mossos se enfrentan a un fenómeno global que sabe que Cataluña –y Barcelona en concreto– es una base de operaciones bien situada y un gran mercado para el negocio de la droga. Son mucho más que un mal vecino, y nos hará sentir más seguros saber que estamos en buenas manos que un calificativo popular.