Transcribo un párrafo de un artículo que he leído: “El 90% de los empleos de oficina serán destruidos o transformados hasta resultar irreconocibles durante los próximos diez o quince años. Esta nueva tecnología amenaza a administrativos, intermediarios, técnicos y directivos. Hará con el trabajo intelectual lo mismo que las máquinas hicieron con las fábricas. Sí, la predicción es catastrófica porque casi todos trabajamos ya, de una manera u otra, en ese tipo de empleos.”
El texto podría pertenecer a alguno de los artículos publicados esta semana sobre IA. Pero no. ¿Saben de qué año es? Lo escribió Tom Peters en la revista Time el 22 de mayo del año 2000. Hace 26 años. La tecnología a la que se refería era Internet y los softwares en la nube.
Estas últimas semanas, varios investigadores han abandonado sus empresas de IA. Jacob Coxon dimitió de Anthropic acusando a la compañía y a OpenAI de estar “jugando con nuestras vidas”. Otros expertos hablan de pérdida de control, máquinas capaces de desobedecernos y una posible extinción de la humanidad. Hay quien calcula incluso la probabilidad de que no sobrevivamos a la próxima década.
Son importantes estas advertencias. Sobre todo, cuando proceden de quienes conocen la tecnología desde dentro. Pero escucharlas no obliga a aceptar sus conclusiones.
¿Qué es más peligroso: una IA o una bomba atómica? La bomba puede destruir una ciudad en pocos segundos. Llevamos ochenta años conviviendo con miles de ellas, no porque sean inofensivas, sino porque hemos creado tratados, protocolos, sistemas de autorización y mecanismos de disuasión.
Con la IA ocurrirá algo parecido. Su seguridad no dependerá de que sea incapaz de desobedecer, sino de que los seres humanos construyamos límites, cortafuegos y controles para impedirlo. Toda tecnología desarrolla primero sus posibilidades y después las normas destinadas a contenerlas. Tardamos, pero se hace.
¿La IA destruirá empleos? Por supuesto. Como los destruyeron la mecanización agrícola, la industria textil, la automoción, los ordenadores e internet. Pero, al mismo tiempo, creará actividades que hoy no sabemos nombrar y disparará nuestra capacidad para investigar, diagnosticar, aprender y producir.
Habrá ciberataques, errores, fraudes y usos perversos. Internet también los trajo. ¿Qué gran innovación no ha producido accidentes ni ha sido utilizada para hacer daño? El riesgo exige control; no invalida una tecnología entera.
Las predicciones apocalípticas tienen una ventaja: si no se cumplen, nadie pide explicaciones. En el año 2000 Internet iba a acabar con el trabajo. Hoy trabajamos con Internet. Dentro de unos años descubriremos que la IA tampoco vino a sustituir a la humanidad, sino a obligarla a hacerse responsable de una nueva forma de poder mientras se beneficiaba de ella.