Regreso a la cruda 'realpolitik'

Hace sesenta y cinco años, John F. Kennedy pedía al mundo que no preguntara qué podía hacer Estados Unidos por él, sino qué podían hacer juntos "por la libertad del hombre". Era la expresión de un idealismo que, casi medio siglo después, resonaría en el discurso de investidura del primer presidente afroamericano de la historia del país. Barack Obama se dirigió a "todos los demás pueblos y gobiernos" para asegurar que América era "amiga de cada nación que busque un futuro de paz y dignidad" y que su país estaba preparado, una vez más, para ejercer el liderazgo global.

Este idealismo americano, que creía y cree en la visión liberal del orden mundial según la cual la cooperación entre países es posible y que instituciones como la Unión Europea o la OTAN pueden facilitarla, pasa hoy por sus horas más bajas. Con la invasión de Putin a Ucrania y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, muchos aseguran que nos encontramos en un regreso a una realpolitik cruda, donde el poder militar directo y la coacción económica se imponen sobre las normas y consensos.

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El actual orden liberal que hoy agoniza nació sobre las bases de un idealismo político, pero pragmático, que conecta con el realismo. Este sistema global basado en reglas internacionales tomó forma a raíz de la Segunda Guerra Mundial, cuando Franklin D. Roosevelt pronunció el célebre discurso de las cuatro libertades. Roosevelt, un idealista pragmático del que Kennedy y Obama fueron herederos, creía que para derrotar al totalitarismo no era suficiente la fuerza, sino que era necesario ofrecer un horizonte con ideales en los que la libertad de expresión, de culto, de vivir sin miseria y de vivir sin miedo fueran garantías universales.

Dique de contención

De esta visión surge la arquitectura del orden liberal –con la ONU, la OTAN, los Acuerdos de Bretton Woods y el libre comercio–, que lleva tiempo en crisis, pero que se ha considerado necesario para garantizar la paz en el mundo; o quizá deberíamos decir a las llamadas democracias occidentales, ya que guerras ha habido muchas desde entonces. Estas instituciones, aceptadas tanto por el idealismo pragmático como por la realpolitik, han servido de dique de contención, si bien esta última corriente siempre se las ha mirado de reojo y sólo las ha seguido cuando servían a sus propios intereses.

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El reciente discurso en Davos del primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue demoledor al hablar de una ruptura definitiva de ese orden mundial. Carney aseguró que el multilateralismo, pese a haber operado durante décadas como una ficción agradable que las grandes potencias cumplían sólo de forma asimétrica y por conveniencia, ya no protege a los estados pequeños y medios. Ante esto, Carney propuso un frente común de potencias medias basado en una geometría variable: coaliciones flexibles según cada cuestión, fundamentadas en valores e intereses compartidos para contrarrestar el poder duro de los gigantes y evitar la subordinación: "Si no estás en la mesa, estás en el menú".

Esta visión se contrapone frontalmente con el nacionalismo de Trump, que cree en la ley del más fuerte y en una política transaccional que busca la hegemonía estadounidense ignorando tratados e instituciones. La expiración del tratado New Start esta semana es el último síntoma de ese cambio de era. Con Trump ignorando la propuesta de prórroga de Putin porque quiere forzar a que China también se integre en las limitaciones, el mundo pierde otro acuerdo fundamental de cooperación internacional. Por primera vez desde los años setenta, no existen límites legales a los arsenales nucleares de las grandes potencias.

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Los intereses nacionales, el poder militar y la competición entre grandes potencias están desplazando un mundo multilateral regido por normas. Una realpolitik cruda, desnuda de ideales, se impone, debilita el orden liberal y proyecta un escenario global más incierto y potencialmente más peligroso. La seguridad ya no emana tanto del derecho como de la fuerza.