Trump no tiene ni idea de fútbol, pero su Mundial ya ha hecho historia

Hay una magnífica cita futbolística de Jean-Paul Sartre que condensa la esencia del manual trumpista: “En el fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario”. Donald Trump ha basado su carrera política a partir de una premisa idéntica: en Estados Unidos todo se complica por la presencia de los contrarios.

En el imaginario de la polarización trumpista –se puede consultar la hemeroteca más reciente en Truth Social–, todo es culpa de los demás: demócratas, inmigrantes, líderes “débiles” de Europa, coches baratos de Pekín, y, de nuevo, inmigrantes. Pero desde hace cuatro meses, la frase de Sartre puede tener otra lectura, más irónica: es un buen resumen del transcurso de la intervención militar más importante de la vida presidencial de Trump, la fracasada guerra en Irán. Trump, como Vladímir Putin en su día, se imaginó una operación relámpago, sencilla, que se ha acabado enquistando y complicando porque al otro lado del estrecho de Ormuz había, precisamente, la presencia de un equipo contrario a quien se infravaloró. Las complicaciones de Trump en Irán irán más allá del campo de batalla.

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Trump no tiene ni idea de fútbol. Su deporte es el golf. Y después vienen el fútbol americano, el boxeo, la lucha libre y las artes marciales. Deportes de fuerza, como los favoritos de Putin. Estos días, sin embargo, Estados Unidos, junto con México y Canadá –dos países, por cierto, amenazados por la fuerza de Trump–, están acogiendo el Mundial, la cita más importante de las agendas futbolísticas. Deportivamente, el torneo se encuentra al inicio de las eliminatorias y todo está por decidir. Políticamente, el torneo ya ha hecho historia.

En un hecho sin precedentes, fruto del surrealismo geopolítico en el que estamos instalados, la selección iraní ha jugado a fútbol en estadios de los Estados Unidos mientras Washington y Teherán se bombardeaban en el Golfo. El colmo del delirio fue el 27 de junio: en el momento exacto en que los futbolistas iraníes competían en Seattle contra Egipto, Irán había atacado un barco en Ormuz, los Estados Unidos contestaban con bombas sobre el sur del país persa y los ayatolás respondían con más bombas contra objetivos estadounidenses en Baréin. El árbitro pitó el final, egipcios e iraníes empataban a 1, y el resultado enviaba al equipo de Teherán hacia casa. “Podría llegar un momento en que ya no podamos actuar con sensatez y nos veamos obligados a completar por la vía militar la tarea que iniciamos con gran éxito. Si esto pasa, ¡la República Islámica de Irán dejará de existir!”, bramaba Trump al día siguiente.

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Para los periodistas de internacional las semanas de Mundial son extrañas. Un Francia vs. Senegal, como el que se disputó en la fase de grupos es un caramelo. También lo es un España vs. Estados Unidos (¿un Pedro Sánchez vs. Trump?) como el que se puede jugar próximamente. O un Inglaterra vs. Argentina, una semifinal bastante probable. ¿Qué habría pasado si el azar hubiera cruzado los caminos de la selección estadounidense y la iraní en un campo de fútbol? Probablemente nada. Si en las guerras la realidad en los despachos es completamente ajena a la que viven los soldados, imaginad la distancia que hay entre el Despacho Oval o el búnker de los ayatolás y los vestuarios donde se preparan los futbolistas.

Hemerotecas caprichosas

Las hemerotecas también son tentadoras. El último Mundial, el de 2022, el que ganó Messi, se disputó en Qatar. La monarquía de Doha utilizó entonces el fútbol para blanquearse a los ojos del mundo y venderse como un garante de progreso y estabilidad. Hoy no se habría podido celebrar un mundial en Doha. Qatar –ahora centro de negociación para poner fin a la guerra– ha sido uno de los países del Golfo castigados con furia por los misiles y drones iraníes. El Mundial anterior, el de 2018, se disputó en Rusia. De aquellos días abundan fotos de los líderes europeos abrazándose con Putin, ahora castigado por la FIFA.

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El verano pasado, en plena guerra rusa en Ucrania, paseaba por Kiev con un militar ucraniano. Él estaba de vacaciones, y fuimos a dar una vuelta para que me explicara qué hacía un soldado en su tiempo de descanso, alejado de la línea del frente. Me quedó claro que no se quitaba la guerra de la cabeza: hablaba del perfeccionamiento de los drones; de los soldados enemigos a quienes mataba y veía morir desde una pantalla; de la muerte de compañeros, y de cómo estaba habituado a calcular su propia muerte. En un momento del paseo me hizo parar en un punto, a la orilla del río Dniéper. Me dijo algo similar a esto: "Mira, justo aquí estaba la fanzone de España durante la Eurocopa. Todo esto era una fiesta. Vinieron muchos españoles a Kiev". Ucrania fue la sede de la Eurocopa que ganó España en 2012. Se jugaron partidos en estadios que ahora se encuentran en ciudades ocupadas por las tropas rusas. Se jugaron partidos en estadios que ahora se utilizan con fines militares.

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El jueves el mismo soldado ucraniano me enviaba una foto por WhatsApp: un televisor retransmitiendo un partido del Mundial en algún punto del frente de Járkov. "Si puedo, intento no perderme ningún partido".

–¿Con quién vas? Ucrania finalmente no se clasificó.

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–Y suerte que no se clasificó. Nuestra selección está en horas bajas. Nuestro país está en horas bajas.

La conversación se paraba y la reanudaba unas horas más tarde. Me enviaba otra foto: un edificio totalmente destrozado. Era el restaurante uzbeko de Kiev donde comimos el día del paseo, el verano pasado. El jueves de madrugada fue bombardeado. El soldado me enviaba una última foto: una imagen hecha con inteligencia artificial en la que se veía a Trump jugando al fútbol vestido con una equipación teñida de los colores de la bandera rusa.