ANÁLISIS

Europa, de la fractura post 11-S a la emancipación transatlántica

El 11-S transformó Europa. La nueva sensación de inseguridad que golpeaba a Occidente lo tragó todo. El día siguiente del ataque, el diario francés Le Monde tituló en portada entera: “Hoy somos todos americanos”. Aquella declaración de solidaridad absoluta fue tan efímera como la unidad europea ante la nueva realidad global, o la voluntad de George W. Bush de buscar una verdadera “coalición” internacional para sus planes de respuesta.

Pronto la llamada “guerra contra el terror” arrastró a una Unión Europea en plena esquizofrenia sobre la imposición de nuevas medidas de seguridad (la Eurocámara llegó a comprar un escáner corporal para la entrada del edificio que no se atrevió a utilizar nunca) y la protección de derechos y libertades.

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El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha condenado a Polonia, Rumanía y Lituania por haber permitido retenciones ilegales y torturas en interrogatorios secretos de la CIA en su territorio entre 2003 y 2005. Los tres países acogieron prisiones secretas: agujeros negros para la violación de derechos y las actuaciones extrajudiciales del espionaje norteamericano en suelo europeo. Diecisiete países de la UE, entre los cuales España, cedieron aeropuertos y espacio aéreo a los aviones de la CIA que trasladaban en secreto a detenidos, presuntamente acusados de terrorismo, hacia estas prisiones ilegales.

El miedo como nuevo hilo argumental y ancla política también se instaló en una UE que iniciaba así una nueva década de institucionalización de la política antiterrorista y de tensión transatlántica por los límites del gran hermano norteamericano en la recopilación de datos e información privada de ciudadanos comunitarios; una época también de blindaje de fronteras y de crecimiento exponencial de la extrema derecha en toda Europa.

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El 11-S reforzó, además, el antieuropeísmo de la administración Bush. La visión de Donald Rumsfeld, Richard Perle o Paul Wolfowitz, halcones que habían hecho parte de su carrera política en Europa o en la OTAN y que desconfiaban de una UE débil y dividida que había perdido su “brújula moral”, se impuso. Por primera vez, la Casa Blanca institucionalizaba una política de “disgregación” de Europa: dividir para vencer. La nueva y la vieja Europa (según la terminología de Rumsfeld) se enfrentaron por la guerra de Irak. El neoconservadorismo de este lado del Atlántico también contribuyó a la fractura dolorosa de la Unión, incluso antes de que el atlantismo declarado de polacos, bálticos o checos no hubiera entrado todavía a formar parte de la UE. Tony Blair, José María Aznar y José Manuel Durão Barroso se retrataban en las Azores con un George Bush en busca de aliados.

El neocon Robert Kagan decidió teorizar esta nueva arrogancia norteamericana parafraseando el libro de autoayuda que triunfaba en aquel momento para afirmar en un artículo que “los americanos vienen de Marte, los europeos son de Venus”. La fuerza marcial de unos Estados Unidos en guerra contra el eje del mal ridiculizaba el poder blando de una Europa dividida. El mundo de Hobbes, regido por la fuerza, contra el mundo kantiano del derecho y las instituciones era la contraposición que Kagan utilizaba para explicar unas diferencias estructurales que han quedado grabadas en la memoria de las relaciones transatlánticas, a pesar de los cambios de inquilinos en la Casa Blanca.

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Incluso el enamoramiento inicial de los europeos con Barak Obama ha quedado solo como un espejismo, un paréntesis en un largo proceso de emancipación forzada por el unilateralismo norteamericano y el viraje de Washington hacia Asia, que ha acabado llevando la UE a intentar construir su propia “autonomía estratégica”.

Veinte años después de los atentados en las Torres Gemelas, pero también de todos los que han venido después en suelo europeo –en París, Bruselas o Barcelona–, los Estados Unidos y la UE continúan enredados en los errores militares y políticos del mundo post 11-S. Atrapados en el legado de unas guerras inconclusas, el mundo ha cambiado y Occidente ha perdido la hegemonía. Mientras los Estados Unidos digieren sus derrotas, una nueva fragmentación de poderes y amenazas globales ha acabado descolocando también a la Unión Europea, que todavía afana en redefinir su lugar en el mundo.