Alternativas de futuro: lo que iría bien a Londres choca con Bruselas
Los intentos británicos de reconectar con la UE sin asumir el coste de la integración plena ofrecen ganancias económicas escasas
LondresHace unos días, la investigadora alemana Jannike Wachowiak, del think tankUK in a Changing Europe, aseguraba en una sesión informativa con un grupo de corresponsales extranjeros en Londres que "la relación entre el Reino Unido y la UE continúa sin estar resuelta". Han pasado diez años del referéndum, seis desde que se hizo efectiva la salida de la UE, y la conllevancia orteguiana puede definir también la dinámica entre las islas y Bruselas. La geografía, inevitablemente, condiciona.
Entre el 2016 y el 2020, el Brexit monopolizó una cumbre europea tras otra. Hoy, sin embargo, las relaciones con Londres han quedado fuera de las prioridades de Bruselas, desplazadas por la guerra de Ucrania, la rivalidad con Estados Unidos y China y la batalla por la competitividad global. En Westminster, en cambio, el debate sobre cuáles deben ser los vínculos con la UE reaparece periódicamente, sobre todo de la mano del laborismo.
El exministro de Sanidad, Wes Streeting, lo ha reactivado recientemente en el marco de su campaña para liderar el partido —y del golpe contra Keir Starmer, que puede ser inminente a raíz de la incontestable victoria de Andy Burnham en la elección parcial de Makerfielddijous passat— afirmando que esperaba que "el Reino Unido volviera a la UE algún día".
Manifestaciones como esta, afirmaciones como las de la investigadora Jannike Wachowiak o el deseo del primer ministro Starmer de hacer un reset de los lazos con Bruselas indican que el Reino Unido continúa atrapado en el 2016: unos quieren reconstruir los puentes con la UE; los otros, acabar de dinamitarlos. Mientras tanto, la Unión Europea se ha movido.
La escritora Zadie Smith, autora de la celebrada novela Dientes blancos (2001), captó esta sensación en un ensayo publicado en The New York Review dos meses después del referéndum: Fences: A Brexit Diary. En aquel texto, Smith observaba una valla nueva alrededor de una escuela de su barrio del norte de la capital británica y la convertía en una metáfora del país. El Reino Unido se cierra para protegerse, pero haciéndolo se hace más pequeño, más vulnerable. La valla no resuelve nada; solo separa. Y el Brexit, como aquella valla, tampoco ha cerrado ningún debate: lo ha perpetuado. En el fondo, el Brexit es un estado de ánimo que, parafraseando a la novelista, convirtió un desacuerdo profundo en una arquitectura política permanente.
Líneas rojas de la UE
Desde el primer momento, la UE fijó unas líneas rojas claras: ninguna negociación antes de la activación del artículo 50, con lo que se ponía en marcha oficialmente el proceso de ruptura; ningún acceso privilegiado al mercado único sin aceptar las cuatro libertades –de movimientos, de capitales, de bienes y de servicios– y ninguna elección a la carta. Bruselas quería evitar que Londres jugara al "divide y vencerás". Al mismo tiempo, enviaba un mensaje de consumo interno: salir del club tiene costes reales.
Aquellos principios continúan intactos. Bruselas considera que el Acuerdo de Comercio y Cooperación funciona bien para los intereses europeos y no tiene prisa por reabrirlo. El comercio ya no es la prioridad: la Comisión sitúa la energía, la seguridad y los contactos entre personas como los ámbitos en los que querría profundizar. En la cumbre del 22 de julio, el programa de movilidad y trabajo para los jóvenes de hasta treinta años será uno de los caballos de batalla. Si se llega a firmar, los brexiters pondrán el grito en el cielo y acusarán a Starmer de haber "traicionado el Brexit".
El divorcio también ha reforzado una convicción de fondo: un país tercero no puede disfrutar de las mismas ventajas que un estado miembro. Esta lógica, ya presente en el trato con la EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio: Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza), se ha consolidado en un contexto marcado por el auge de los partidos euroescépticos. Para la UE, hacer concesiones demasiado generosas al Reino Unido sería un incentivo para que otros gobiernos jugaran con la idea de salir. "Cualquier propuesta británica que suene a «mejor que estar dentro» está condenada a topar con un muro político en Bruselas, París u otras capitales", recordaba Jannike Wachowiak.
La asimetría de intereses condiciona cualquier intento británico de aproximación y de hacer reset. La Entente Común acordada el año pasado —que incluye acuerdos sobre normas sanitarias y fitosanitarias, comercio de emisiones, electricidad o movilidad juvenil, aunque los detalles aún se deben cerrar— podría aportar beneficios económicos modestos, de entre el 0,1% y el 0,5% del PIB a largo plazo. Estas ganancias llegan con una condición central: el alineamiento dinámico con la legislación europea. En la práctica, esto significa que el Reino Unido debería adoptar todas las normas comunitarias necesarias para el funcionamiento de los acuerdos e incorporar progresivamente las nuevas directivas y regulaciones. A cambio, solo obtendría un derecho de consulta limitado, sin voto, similar al modelo suizo.
La UE tampoco ve con buenos ojos fórmulas de "alineación selectiva" sector por sector. Bruselas rechaza que un país tercero pueda disfrutar de las ventajas del mercado único sin asumir sus obligaciones, y observa con recelo cualquier modelo que pueda generar precedentes para Suiza o alimentar movimientos euroescépticos dentro de la Unión. La alineación unilateral británica —copiar normas europeas sin acuerdo formal— tampoco resolvería las fricciones comerciales: evitaría divergencias regulatorias, pero no eliminaría controles, certificaciones ni burocracia en la frontera.
Los ultras acosan por doquier
Por encima de este nivel minimalista, las opciones más ambiciosas –una unión aduanera, un acuerdo al estilo suizo, la adhesión al Espacio Económico Europeo o incluso el reingreso a la UE– conllevan compromisos políticos y económicos mucho mayores. Una unión aduanera reduciría drásticamente las fricciones comerciales, pero limitaría la política comercial británica y exigiría contribuciones financieras. Un modelo suizo o del EEE ofrecería un acceso mucho más amplio al mercado único, pero requeriría aceptar la libre circulación de personas y convertir el Reino Unido en un "receptor de normas" en ámbitos clave. El retorno completo a la UE implicaría un proceso largo y políticamente explosivo.
A todo esto se añade la política interna británica. Tanto Kemi Badenoch, líder conservadora, como Nigel Farage, jefe del Partido Reformista, han prometido revertir el Entendimiento Común firmado por Starmer el año pasado y abandonar el Convenio Europeo de Derechos Humanos (CEDH). Un movimiento que podría implicar la suspensión total del TCA –el tratado original firmado por Boris Johnson– y abocar las relaciones entre el bloque y las islas al escenario de "no acuerdo", del que tanto se hablaba durante el período 2016-2020. Esto comportaría una caída adicional del PIB de un 3%.
Y mientras el Reino Unido continúa dentro de la valla de la que escribía Zadie Smith, la UE avanza hacia nuevas ampliaciones y se plantea reformas institucionales para gestionar una Unión más grande y más dinámica. Ideas como un Consejo Europeo de Seguridad podrían abrir espacios para que el Reino Unido influyera en los debates estratégicos sin volver a la mesa de decisiones formales. La paradoja es que, mientras en el Reino Unido el acercamiento a Europa es visto como un proyecto progresista, la UE del inminente futuro podría estar modelada por gobiernos de extrema derecha: en Francia, Alemania y España, entre otros, fuerzas como Reagrupamiento Nacional, Alternativa para Alemania o Vox pueden tener mucho peso.