La carretera enrejada: en ruta hacia un centro de control de drones ucranianos
El Donbás afronta en los frentes de Kramatorsk y Járkov batallas clave de una guerra que se lucha desde el subsuelo
Frente de Járkov (Ucrania)Una red gigante envuelve toda la carretera en dirección al frente de Kramatorsk que se extiende cientos de kilómetros. El sistema es simple: una sucesión de postes metálicos colocados a ambos lados del pavimento se repite de forma continua en el trazado. Esta estructura sostiene grandes mallas que cubren los laterales y la parte superior de la vía, formando una especie de túnel protector. Algunas de estas redes son blancas y otras tienen tonalidades verdes. En varios puntos es habitual ver pájaros muertos, que se han enredado y han quedado atrapados. La escena, sumada al aspecto habitual del camino –por donde circulan muy pocos vehículos–, da al conjunto un aire dantesco.
En algunos puntos se pueden ver agujeros en las redes, rotas o dañadas, pero en la mayor parte se mantienen intactas. Este sistema debe proteger a los vehículos que circulan dentro de su burbuja de los ataques de drones suicidas rusos de tamaño pequeño, que no podrían atravesar estas mallas ni impactar contra sus objetivos.
Este tipo de drones son los que ahora siembran el terror en varios frentes de Ucrania. En contraste con los Shahed iraníes, más inexactos, estos se pueden dirigir mediante operadores que los controlan a varios kilómetros de distancia. El procedimiento es directo: el operador tiene visión en tiempo real de lo que capta la cámara del dron, identifica un objetivo –a menudo un vehículo o un soldado– y hace detonar la carga explosiva.
Por eso, en Kramatorsk ya no se ven soldados con uniforme militar: saben que son objetivos prioritarios en este tipo de guerra, que enfrenta máquinas y humanos. En las calles, los vehículos circulan siempre muy rápidamente, como si eso los pudiera proteger de un ataque de un dron suicida. Pero la realidad es que estos aparatos alcanzan velocidades punta superiores a las de los coches y operan en tres dimensiones, lo que les da ventaja, mientras que los transportes terrestres se ven limitados a seguir los caminos trazados.
El aspecto de la ciudad recuerda mucho al del principio de la guerra, cuando las explosiones y la destrucción eran habituales. Ahora ya no es fruto de la artillería sino de los drones de diferentes tamaños. Algunos restaurantes ya han sufrido su impacto y el hotel más conocido de la ciudad, también: ha quedado partido en dos por el ataque de un dron de grandes dimensiones. Además, algunos supermercados han quedado destruidos.
La entrada principal de Kramatorsk, donde antes había concesionarios de coches, está hoy en gran parte arrasada, igual que algunos edificios junto al ayuntamiento. Nadie sale de noche y, cuando se pone el sol, la ciudad queda completamente a oscuras. A pesar de ello, los pocos restaurantes que continúan abiertos suelen estar llenos, igual que los supermercados, que todavía mantienen el suministro, aunque los precios de muchos productos se han duplicado.
Se puede encontrar leche fresca, fruta del día o comida recién preparada. Pero esto no es indicativo de nada. Hay un patrón que se repite en los asedios de otras ciudades. Primero se extiende el terror entre la poca población civil que queda, y después se inicia la destrucción progresiva de los recursos, hasta dejar la ciudad sin agua ni electricidad. A partir de aquí, llega la guerra de desgaste, que o bien acaba con la destrucción total –como pasó en la tristemente conocida Bajmut– o con una toma lenta y gradual del territorio.
Kramatorsk es, sin duda, un punto estratégico, y las autoridades ucranianas son conscientes de que su pérdida supondría un punto de inflexión en la guerra en el Donbás. A pocas horas de distancia –ahora muchas más que antes, ya que parte del trayecto tiene el pavimento destrozado, con grandes socavones que impiden circular a una velocidad muy alta– está el frente de Kharkiv. La ciudad presenta un aspecto completamente diferente al de Kramatorsk: en las calles principales hay gente paseando, coches aparcados a ambos lados y restaurantes y tiendas abiertas. Todo parece normal.
La ayuda de la inteligencia artificial
El frente, sin embargo, se encuentra a pocos kilómetros, y una vez más la guerra se decide en salas de control repletas de pantallas. En este caso, en medio de la nada, camuflados por árboles y otra fronda. Llegamos con un 4x4 por caminos embarrados. El vehículo se detiene y lo esconden en un desnivel con vegetación, indetectable para los drones rusos de reconocimiento. Incluso si lo fuera, la posición de mando aún queda a varias horas a pie por senderos impracticables.
Finalmente, accedemos a una entrada cubierta por matorrales que da paso a una galería descendente hacia el subsuelo, hasta una puerta de madera. En el interior, un equipo de cinco personas, frente a cuatro pantallas, se encargan de controlar los drones. Trabajan con dos tipos de drones: uno de grandes dimensiones y largo alcance para reconocimiento, y otro más pequeño, dedicado exclusivamente al ataque; ambos se preparan antes de cada misión.
"Hace poco, los rusos atacaron una posición", responden cuando se les pregunta si el enemigo utiliza también las mismas tácticas. Hacen turnos de varias horas frente a las pantallas. "Ahora la inteligencia artificial nos ayuda mucho en la selección de objetivos; cuando llevas muchas horas mirando una pantalla, ya no sabes ni qué ves. La IA nos señala objetivos que a veces somos incapaces de identificar."
El hecho es que, si algo ha cambiado esta guerra, es la propia guerra. Cuando la invasión rusa comenzó en 2022, el concepto de dron era prácticamente inexistente. Ahora se ha convertido en un elemento central de cualquier ofensiva o defensa, y ya no hay solo drones aéreos: también los hay terrestres y anfibios. "Esto solo es el principio", dice Nineth, nombre de guerra del comandante de operaciones de la unidad de drones.