Fuerte pero dividida: la extrema derecha europea afronta un curso electoral decisivo
Con más de un 23% de los votos en la UE, las fuerzas ultras condicionan la agenda de los partidos tradicionales
BruselasLa extrema derecha europea vive un momento dulce. La victoria aplastante de Alternativa para Alemania en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt es solo el último de una cadena de avisos: la extrema derecha se ha normalizado. Pero, al mismo tiempo que gana fuerza, también evidencia sus divisiones internas. "Se ha convertido en un partido normal que gana y que pierde por las mismas razones que el resto de los partidos: por la economía, la corrupción, la campaña o la capacidad de marcar la agenda", asegura Javier Carbonell, analista del European Policy Center. "Que es una fuerza consolidada es un hecho, pero la relación con el resto de los partidos todavía no es normal, no es fácil hacer coaliciones", matiza László Andor, excomisario europeo de Trabajo, Asuntos Sociales o Integración, y ahora analista, en declaraciones a l'ARA.
Más de un 23% de los europeos votaron a partidos de extrema derecha en las últimas elecciones nacionales celebradas en su país. Durante los últimos años han sido primera fuerza en países como Francia (Reagrupamiento Nacional), Italia (Hermanos de Italia) y Austria (Partido de la Libertad de Austria), y han gobernado, en solitario o en coalición, en Italia, los Países Bajos y Finlandia. Esta base da a las fuerzas ultras mucha seguridad para afrontar un curso escolar especialmente decisivo electoralmente. Los comicios de Suecia de este fin de semana serán claves para determinar si la extrema derecha accede al gobierno por primera vez; en las elecciones regionales alemanas se vuelve a calibrar la fuerza de la AfD, y en la primavera de 2027, la extrema derecha aspira a obtener buenos resultados en Italia, España y, sobre todo, en Francia.
Si Marine Le Pen –que todavía no es seguro que pueda presentarse– gana las presidenciales francesas, será la primera vez que la extrema derecha gobierna en el Elíseo. Una victoria del Reagrupamiento Nacional (RN) sería, en palabras de Andor, "un punto final para la Unión Europea". "Francia tiene un peso enorme dentro de la UE. Podría ser extremadamente destructiva", añade. Aparte del peso histórico del país en las instituciones comunitarias, Francia es un régimen semipresidencial en el que quien gobierna "tiene una capacidad brutal de maniobra". "Europa puede aguantar mucho más seis Orbans que una Le Pen", resume Carbonell.
Pero de la misma manera que los comicios alemanes han insuflado un soplo de optimismo en las filas ultras, también han puesto de manifiesto las diferencias profundas entre las diversas extremas derechas del continente. Mientras diversos referentes de la internacional reaccionaria felicitaban al partido de Alice Weidel por los resultados de Sajonia-Anhalt, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y la líder de la RN mantenían el silencio.
¿Quiénes son y qué piensan?
Si toda la extrema derecha europea votase conjuntamente en el Parlamento Europeo, sería el primer grupo de la cámara. Pero no lo hace. Está repartida en tres grupos parlamentarios. Los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) están liderados de facto por Meloni, y en él se incluyen formaciones como el Ley y Justicia polaco. Es el bloque atlantista, favorable a la OTAN y a la ayuda militar a Ucrania, y el que se muestra más "moderado" ante el resto de familias políticas europeas.
Si quieres investigar el gráfico con más detalle, abre la versión en alta resolución en otra pestañaPor otro lado, están los Patriotas por Europa, el proyecto impulsado por Viktor Orbán para aglutinar a la derecha radical en el continente. Con 86 eurodiputados, es el tercer grupo más grande de la Eurocámara y está presidido por el eurodiputado de la RN Jordan Bardella. Además de la RN francesa, forman parte de él la Liga de Matteo Salvini, el Partido de la Libertad de Austria, el Partido por la Libertad de Geert Wilders (Países Bajos), el partido populista Acción de Ciudadanos Insatisfechos del ex primer ministro Andrej Babis (República Checa), Chega (Portugal), Interés Flamenco (Bélgica) y Vox (España), que abandonó el grupo de Giorgia Meloni para sumarse.
Y, por último, encontramos el grupo más radical y más pequeño de la Eurocámara, la Europa de las Naciones Soberanas. Se creó a raíz de la expulsión de la AfD del grupo Identidad y Democracia en 2024 y está claramente dominado por la formación alemana –que aporta más de la mitad de los escaños–. Reúne a otros partidos de ultranacionalismo duro como la polaca Confederación Libertad e Independencia o la francesa Reconquista. Es el bloque más abiertamente prorruso del Parlamento Europeo –se opone a enviar armas a Ucrania y a sancionar al Kremlin– y es muy crítico con el proyecto comunitario. Esto le vale un aislamiento, no solo por parte de las fuerzas tradicionales, sino también por los partidos de Le Pen o Meloni.
La división de la extrema derecha europea no responde solo a diferencias ideológicas. También "es una cuestión de estrategia". Determina hasta dónde están dispuestos a acercarse a las instituciones europeas, a los partidos tradicionales y a las alianzas internacionales para llegar al poder, explica al ARA la investigadora del Centre for European Policy Studies Sophia Russack. Así, mientras dirigentes como Meloni han aprovechado las instituciones europeas para dar una imagen de moderación y presentarse como un socio fiable para el Partido Popular Europeo, formaciones como la AfD han utilizado esta distancia con el resto de grupos ultras para mostrarse más antiestablishment. Carbonell pone el ejemplo de la RN, que se ha distanciado de Reconquista, el partido de Éric Zemmour, para ocupar un espacio más central y proyectarse como una alternativa de gobierno. "Es una competición virtuosa que favorece a ambos partidos", dice.
¿Dónde gobierna?
Italia es el ejemplo más claro de un estado donde la extrema derecha se ha impuesto. Giorgia Meloni gobierna allí desde 2022 y ha convertido a su ejecutivo en el más longevo de la historia de la República Italiana. Su fórmula –moderar el tono en la relación con Bruselas y mantener buena sintonía con Ursula von der Leyen– le ha permitido convertirse en una interlocutora aceptada por conservadores como el canciller alemán, Friedrich Merz, y por socialdemócratas como la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. La prensa internacional ha rebautizado como Merzoni la alianza que mantiene con Merz desde principios de año. Meloni es, en palabras de Andor, la prueba más clara de que el cordón sanitario "ya no aguanta".
En otros países, el cordón sanitario ha cerrado el paso de las formaciones ultras al ejecutivo, pero esto no ha hecho disminuir su apoyo popular ni ha impedido que sigan marcando la agenda. En Austria, por ejemplo, el Partido de la Libertad de Austria ganó las europeas de junio de 2024, pero continúa fuera del gobierno gracias a una coalición del Partido Popular de Austria, socialdemócratas y liberales para dejarlo aislado. Hoy, es la primera fuerza en las encuestas.
Francia y Alemania muestran la otra cara del fenómeno. Ni la Agrupación Nacional ni la AfD gobiernan, pero ambos han logrado situar la inmigración y la seguridad en el centro del debate político y han empujado a los partidos tradicionales a endurecer su discurso y sus políticas.
El caso húngaro ofrece, en cambio, un contrapunto. También hay países donde la extrema derecha ha perdido el poder. En Hungría, Viktor Orbán, el principal impulsor de Patriotas por Europa y, hasta hace poco, el gobernante ultra más consolidado del continente, perdió el poder en abril después de dieciséis años, derrotado por Péter Magyar –surgido del mismo espacio nacionalconservador, pero favorable a la Unión Europea.
El cordón sanitario
¿Dónde queda, pues, el cordón sanitario cuando la extrema derecha ha dejado de ser marginal? ¿Tiene sentido mantenerlo? Carbonell apunta que este mecanismo es básicamente "defensivo" y que en ningún caso "es la manera de hacer frente a la extrema derecha". Los partidos de la derecha tradicional, como se han dado cuenta de que la extrema derecha les come los votos, han aplicado una política contradictoria: han validado las ideas ultra (contra la inmigración, a favor de trabajar más, más seguridad, etc.) y a la vez han invalidado a los políticos de extrema derecha (aplicando el cordón sanitario), explica. "Esto crea mucha antipolítica".
Russack subraya que esta estrategia se ha vuelto inútil porque las ideas ultras se han impuesto a través de los partidos tradicionales, especialmente en inmigración, seguridad o identidad. "Ya no hace falta votar a la extrema derecha para que gobiernen sus propuestas", ironiza.