Rusia cambia los cohetes por los misiles y cae de la carrera espacial
Las sanciones y la falta de financiación son un lastre para la cosmonáutica rusa, incapaz de viajar a la Luna
Moscú10 de agosto de 2023. Las 2.10, hora de Moscú. La misión Luna-25 se eleva desde el cosmódromo Vostotxni, en el Extremo Oriente ruso. Por primera vez en 47 años, Rusia lanza una misión lunar no tripulada, que tiene por objetivo tocar tierra cerca del polo sur de la Luna, estudiar su suelo y buscar restos de agua helada. El 16 de agosto, la nave entra en la órbita lunar y, tres días después, inicia las maniobras de aterrizaje. Pero en el instante clave algo falla. Los motores no se apagan cuando deberían hacerlo, el aparato adopta una trayectoria incorrecta y se estrella contra la superficie lunar.
Este fue el último gran intento del Kremlin de reivindicar un lugar entre las grandes potencias espaciales y su último gran fracaso. Ahora que se celebra el 65.º aniversario del primer vuelo humano al espacio, el del soviético Yuri Gagarin, mientras la NASA saborea el éxito del Artemis II, Moscú lleva tiempo descolgado de la carrera por ir a la Luna. Las sanciones a raíz de la anexión de Crimea, en 2014, el fin de la cooperación internacional por la invasión a gran escala de Ucrania, en 2022, y más de cuatro años de guerra de desgaste han situado a años luz de los norteamericanos y chinos la cosmonáutica rusa, hoy dedicada a diseñar misiles en lugar de cohetes.
“El programa Luna-25 fracasó por culpa de las sanciones de 2014”, explica a el ARA Vitali Yegórov, divulgador especializado en el espacio. Los científicos tuvieron que recurrir a materiales de menor calidad, más pesados, y aquello condenó la misión. Entonces, sin embargo, construir aquella nave todavía era posible; ahora sería “imposible”. Habría que “revolucionarlo todo, buscar nuevos componentes, nuevas electrónicas y fabricantes más fiables”, indica.
Además, la guerra dejó al Kremlin sin los contratos internacionales, que suponían una cuarta parte de la financiación de Roscosmos ―la NASA rusa―, y puso fin a los programas conjuntos con las agencias occidentales. “Quedó claro que la cosmonáutica rusa tenía una cierta toxicidad, casi todos los socios nos dieron la espalda”, señala Yegórov. Sin clientes extranjeros, añade, el organismo “puede hacer más de lo que Rusia necesita” y, solo con el gasto del gobierno, se enfrenta a una falta letal de ingresos. En 2025, el presupuesto de Roscosmos fue equivalente a unos 3.500 millones de euros, mientras que el de la NASA fue casi de 22.000 millones.
Cambiar la Luna por la guerra
La paradoja es que, según el experto, actualmente la cosmonáutica rusa recibe más inversión pública que nunca, pero no se destina a explorar el espacio, sino al esfuerzo militar. “Ahora la prioridad del estado es la guerra y la cosmonáutica sirve a este interés”, resume. Así, produce satélites espía, satélites de comunicaciones, además de misiles balísticos Kinjal, Iskander y Oréixnik. “El estado lo necesita, el estado lo paga y los proyectos civiles pasan a ser secundarios”, concluye Iegórov.
Este contexto explica por qué Rusia lanzó solo 17 cohetes en 2025, la cifra más baja desde 1961, justo el año del vuelo de Gagarin, mientras que Estados Unidos lanzó 193. Incluso China superó a Rusia por mucho con 93 lanzamientos. Esta semana, las autoridades rusas también han anunciado que aplazan los planes para varias misiones lunares hasta como mínimo 2028.
A pesar de todo, Putin se resiste a dejar morir la exploración del espacio, consciente de su valor propagandístico dentro y fuera de Rusia. “Los vuelos espaciales tripulados son una vaca sagrada”, afirma el divulgador, que asegura que el presidente ruso no quiere pasar a la historia como el líder que ha desmantelado uno de los motivos de orgullo internacional. Ahora bien, las ambiciones del Kremlin chocan con la realidad. Iegórov lamenta que Moscú “ya no puede competir por su cuenta, ni siquiera con Pekín”, y mucho menos enviar naves tripuladas a la Luna.
China puede ser la única esperanza para que un ruso acabe pisando el satélite de la Tierra. El experto apunta que el país asiático podría invitar a uno o dos cosmonautas a formar parte de una de las futuras expediciones a la Luna como agradecimiento porque Rusia ha fabricado un reactor nuclear espacial para la agencia china.
Rusia y Occidente, en órbitas diferentes
Una de las incógnitas es si la guerra de Ucrania habrá significado un punto de no retorno en las relaciones entre Rusia y Occidente, también más allá de la órbita terrestre. A estas alturas, Washington y Moscú continúan cooperando en la Estación Espacial Internacional, pero ambas capitales están creando estaciones propias. “Nuestros socios occidentales se han comportado de manera impredecible y poco amistosa, es peligroso asociarse con alguien a largo plazo y por eso nos vemos obligados”, declaraba a TASS el director general de Roscosmos, Dmitri Bakànov.
Esto preocupa a los entusiastas rusos de la exploración del universo. Iegórov es pesimista: “Incluso si se firmase la paz, harían falta décadas para restaurar la autoridad de la cosmonáutica rusa, la capacidad de montar nuevos proyectos internacionales y de demostrar que Rusia es un socio fiable. En definitiva, todo lo que se perdió en 2022.”