Reino Unido

Starmer intenta el reinicio: rebelión aplazada pero no abortada

El primer ministro sigue queriendo cuadrar el círculo: promete situar el Reino Unido "en el corazón de Europa" sin romper las líneas rojas sobre el Brexit

Keir Starmer, primer ministro británico, este lunes por la mañana, en el centro de Londres.
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LondresEl primer ministro británico, Keir Starmer, ha tomado prestadas unas palabras del premier conservador John Major, de 1991, para intentar reflotar su liderazgo, cada vez más hundido y que vive una lenta agonía. En un discurso pronunciado este lunes en el centro de Londres, que la maquinaria de Downing Street ha vendido como un "reinicio" –el tercero en menos de dos años en el poder– después de la catástrofe electoral del jueves–, Starmer ha prometido que "este gobierno laborista se definirá por reconstruir la relación con Europa, por situar el Reino Unido en el corazón de Europa". Además, ha prometido también una acción más decisiva en otros ámbitos, como la justicia social, la juventud y la mejora de los servicios públicos, y hasta ha llegado a prometer una acción legislativa para nacionalizar la industria del acero, siempre que fuera "en interés público". El miércoles, en el discurso del rey, el programa legislativo para el próximo año, presentará una ley ad hoc.

Starmer ha admitido que está cuestionado: "Algunas personas están frustradas conmigo, tengo detractores, y sé que les tengo que demostrar que se equivocan". Pero sus palabras no han sido muy bien recibidas por sus críticos. Inmediatamente después de que acabara el discurso, tanto parlamentarios laboristas como los jefes de los sindicatos –los mayores financiadores del Partido Laborista– han renovado la llamada a su salida ordenada del poder. A mediodía de este lunes, cincuenta y tres diputados se han sumado activamente a una rebelión que ni está aplacada ni tampoco, hoy por hoy, tiene garantías de triunfar, al menos en los próximos días o semanas.

La única buena noticia para el premier después de su discurso es que la diputada del norte de Londres Catherine West, que el sábado amenazó con desencadenar un proceso de desafío a su liderazgo, de momento lo ha ralentizado. West se ha mostrado decepcionada por las palabras del primer ministro, "insuficientes y tardías", y ha instado al premier a establecer un calendario para una salida ordenada para septiembre, justo en el momento en que el partido celebra el congreso anual.

Además, aplazar el proceso de recambio unos meses permitiría que Andy Burnham, alcalde de Manchester y el candidato preferido a estas alturas de la mayoría del partido para sustituir a Starmer, pueda presentarse a una elección parcial por alguna de las circunscripciones del norte de Inglaterra y volver a la Cámara de los Comunes. Burnham fue vetado recientemente por el comité ejecutivo nacional del partido de hacerlo, cosa que todo el mundo interpretó como una forma de barrar el paso al gran rival de Starmer. En este sentido, la exviceprimera ministra Angela Rayner, una de las figuras más poderosas entre las bases tradicionales del partido, ha afirmado este lunes que "fue un error" descartar a Burnham.

Correcto y poco más

En términos generales, el discurso de Starmer ha sido correcto, apasionado en algunos momentos, refiriéndose a su pasado familiar como en anteriores ocasiones, y con un diagnóstico acertado de las muchas dificultades que atraviesa el país. También ha admitido los errores que su gobierno ha cometido. Pero ha pecado de lo que peca a menudo el primer ministro: una indefinición política que, al final, paraliza su acción. Parece difícil, pues, que pueda revertir "un statu quo que ha fallado al pueblo británico, que ve que el cambio [que el laborismo prometió en 2024] no puede llegar lo suficientemente deprisa y que, para decir la verdad, no estoy seguro de que crean que nos importe".

El ejemplo más claro de diferencia entre las palabras y los hechos del laborismo es la referencia a Europa y el Brexit. Starmer, con razón, y casi de manera excepcional, ha criticado muy duramente a Nigel Farage, el líder del ultraderechista Partido Reformista, que provocó el divorcio con la Unión Europea en el referéndum de hace ahora diez años. "Quiero recordaros qué decía Nigel Farage sobre el Brexit: que nos haría más ricos. Falso: nos ha hecho más pobres. Decía que reduciría la inmigración. Falso: la inmigración se disparó. Decía que nos haría más seguros. Falso otra vez: nos ha hecho más débiles. Engañó al Reino Unido, y ahora habla de casi cualquier cosa menos de las consecuencias de la única política que realmente consiguió aplicar."

Pero la respuesta a estos efectos –volver el Reino Unido "al corazón de Europa"– es imposible sin que su gobierno se decida a romper sus líneas rojas. Estas son no volver al mercado único ni a la unión aduanera, y menos aún sopesar la posibilidad de proponer un nuevo referéndum. Así lo ha valorado también Anand Menon, profesor de política europea y asuntos extranjeros en el King's College de Londres, y director del think tank UK in a Changing Europe. "No puedes hacer un diagnóstico que reclama una acción audaz y ofrecer una respuesta que ha sido más bien retórica y un eslogan vacío". Unos eslóganes que, en el momento en que John Major los formuló, tenían mucho más sentido. Entonces el Reino Unido aún formaba parte de la UE y Major intentaba revertir la situación de enfrentamiento que su predecesora, Margaret Thatcher, y una parte del partido conservador habían tomado con Bruselas.

Starmer, por el momento, y a pesar del terremoto electoral que ha asolado al partido, ha salvado la piel. Pero en ningún caso su continuidad más allá del congreso de septiembre está garantizada. El gran debate al que tiene que hacer frente el Partido Laborista es sobre políticas tanto como sobre nombres. Políticas que corrijan las enormes desigualdades que continúan afectando a grandes sectores de la población británica.

En caso contrario, con Starmer, Burnham o cualquier otro premier en Downing Street, el laborismo corre el riesgo de entregar las llaves del poder a Nigel Farage y la ultraderecha. "Si no hacemos las cosas bien, nuestro país tomará un camino muy oscuro", ha reconocido el mismo primer ministro en su discurso. Él cree que es el hombre adecuado para hacerlas bien. La mayoría de los británicos, al menos por el momento, no están de acuerdo.

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