Von der Leyen jura amor al hombre de moda en Europa

EstrasburgoSon tiempos extraordinarios en Europa, y por eso la alemana Von der Leyen comenzaba su discurso citando al inglés Charles Dickens: "Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos". El escritor de Portsmouth, que ahora tendría que enseñar el pasaporte para viajar a su querida París, definía así Europa en tiempos de guillotinas afiladas en Francia. Von der Leyen actualizaba el pensamiento de Dickens ante el Parlamento Europeo de Estrasburgo: "La Unión Europea es más fuerte que nunca, y la Unión Europea puede parecer más precaria que nunca". La paradoja es la figura literaria que mejor funciona en tiempos de desesperación, de urgencia.En el hemiciclo, escuchando el discurso sobre el estado de la Unión de la alemana, había una presencia extraordinaria, la de otro extracomunitario: Mark Carney, gobernador del Banco de Canadá, tratado ahora como gurú en muchas cancillerías europeas gracias a un discurso brillante en el último foro de Davos. Aquel día, Carney dijo algunas cosas que los líderes comunitarios no se habían atrevido a pronunciar: dio por muerto el antiguo orden internacional; reclamó a las potencias medias unirse y dar un paso adelante para dejar de depender de las grandes; insinuó que había que plantar cara a Trump; y dejó una frase monumental: "Si no estás en la mesa, estás en el menú".

La historia de amor con Mark Carney es, de lejos, la mejor noticia para una Unión Europea falta de buenas noticias. Es evidentísimo que el amor es puramente interesado: el canadiense busca Europa porque también se encuentra inmerso en una guerra comercial y psicológica con Donald Trump, que amenaza con convertir a Canadá en su 51.º estado. Y Europa, aunque lo niegue, busca a Ottawa para hacer piña ante Washington. Pero es cierta una reflexión que se hace a menudo en los pasillos de las instituciones europeas: Canadá tiene una mentalidad más europea que la mayoría de los europeos. El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, hacía un all in este verano: "¿No sería fantástico que Canadá fuera el 28.º estado de la Unión Europea en lugar de ser el 51.º estado de los Estados Unidos?".

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Son tiempos extraordinarios en Europa, y en el mundo, y buena parte del camino de la UE para sobrevivir en este paisaje de fieras pasa por tejer alianzas con actores que comparten una visión al menos similar del contexto global. Hay que sumar gente al barco boomer y lleno de agujeros del multilateralismo. El anuncio de una alianza de seguridad con Canadá, el Reino Unido, Noruega y Ucrania navega hacia esa dirección. También los acuerdos comerciales con la India, México o el Mercosur. Y probablemente también una posible, pero arriesgada, gran ampliación del club comunitario, con Kiev –uno de los mejores ejércitos del mundo– al frente, y los Balcanes –territorio que flirtea con Pekín y Moscú– a la cola.

Los dirigentes de Bruselas, sin embargo, deben grabarse en la frente una consigna: no confundir alianza con dependencia. La doctrina Carney es urgente hoy por culpa del gran patinazo estratégico de la historia de la Unión Europea: haber delegado a terceros los pilares básicos de una potencia como la productividad, la energía y, sobre todo, la seguridad. El resultado lo conocemos de sobra: el jiji-jaja se acabó el día que Putin invadió Ucrania, Xi Jinping siguió siendo Xi Jinping, y Trump conquistó y reconquistó la Casa Blanca. Canadá es ahora un país precioso, pero las urnas pueden hacer que, de aquí a un tiempo, los bosques boreales se conviertan en bosques peligrosos si un Trump de turno entra en el poder de Ottawa.

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"Solo Europa puede proveer una verdadera soberanía a los europeos", decía Von der Leyen este miércoles al principio de su discurso de inicio de curso político. Ciertamente, la teoría hace tiempo que es clara: autonomía estratégica, una Europa independiente.

Ponerla en práctica es el gran problema de los Veintisiete, que necesitan tiempo, decisiones contundentes y, sobre todo, cohesión para que parte del discurso de la presidenta de la Comisión Europea de este miércoles deje de sonar como un dickeniano cuento de Navidad.