Irán redibuja sus alianzas después de salir victorioso de la guerra de Trump

La frágil entente con los Estados Unidos reconfigura unos equilibrios regionales que se habían mantenido durante más de cuatro décadas

Un cartel en contra de Trump en Teherán.
29/06/2026
4 min

BeirutEl memorándum de entendimiento con los Estados Unidos ha sido presentado en Teherán como una victoria política. Y esta nueva posición de fuerza está llevando a la República Islámica a replantearse sus relaciones regionales y el sistema de alianzas que ha sostenido su influencia en Oriente Medio durante las últimas cuatro décadas. "El enemigo que lanzó la agresión fracasó en todos sus objetivos maliciosos y la República Islámica logró grandes victorias", aseguró hace unos días el viceministro de Asuntos Exteriores, Kazem Gharibabadi, resumiendo la lectura que hace el régimen del acuerdo alcanzado con Washington.

En la capital iraní, el memorándum no se percibe como una concesión arrancada por la fuerza, sino como la prueba de que la República Islámica ha resistido la presión militar y ha obligado a sus adversarios a negociar. Esta sensación de victoria ha abierto un debate más amplio en Teherán sobre quiénes fueron los aliados que realmente respondieron, cuáles han mostrado sus límites y qué nuevas asociaciones necesita Irán para consolidar su influencia en la región.

La primera lección llega de los grandes socios internacionales de Irán. Rusia condenó los ataques y defendió el derecho de Teherán a responder, pero evitó implicarse directamente en la confrontación. China, principal comprador del petróleo iraní y salvavidas económico de la República Islámica, mantuvo una posición igualmente prudente. Pekín apostó por la vía diplomática y por la estabilidad regional, pero tampoco estuvo dispuesta a arriesgar sus intereses por su socio iraní.

Socios pero no aliados militares

Para Teherán, el mensaje ha sido claro: Moscú y Pekín son socios importantes, incluso indispensables en algunos ámbitos, pero no aliados dispuestos a entrar en una guerra por Irán. Al mismo tiempo, otros actores han ganado peso. Pakistán, que ha ejercido un papel de mediador entre Teherán y Washington, emerge como un interlocutor cada vez más relevante. Potencia nuclear, vecino de la República Islámica y estrecho aliado de Arabia Saudí, Islamabad ofrece a Irán algo que pocos países pueden proporcionar: un canal de comunicación con varias capitales de la región y una puerta hacia nuevas fórmulas de entendimiento.

Sin embargo, el mayor cambio se ha producido mucho más cerca de las fronteras iraníes. Durante décadas, el llamado Eje de la Resistencia fue el principal instrumento de influencia de Teherán en Oriente Medio. Hezbolá en Líbano, las milicias iraquíes, los hutíes del Yemen o Hamás en Gaza cumplían una función muy concreta al mantener la confrontación lejos del territorio iraní y aumentar el coste de cualquier ataque contra la República Islámica. La lógica era sencilla: si Irán era atacado, sus aliados podían abrir varios frentes y actuar como una fuerza de disuasión.

Pero la guerra y las negociaciones posteriores han alterado esta ecuación. Por primera vez, Irán se ha visto obligado a salir en defensa de uno de los principales pilares de este eje: Hezbolá. Durante años, el movimiento libanés fue el ejemplo más exitoso de la estrategia iraní, un aliado capaz de proteger los intereses de Teherán y de proyectar su influencia mucho más allá de las fronteras iraníes. Hoy, debilitado tras meses de enfrentamientos con Israel y sometido a una enorme presión política y militar, es Hezbolá quien ha necesitado el apoyo de su principal patrocinador.

El Eje de la Resistencia ya no funciona únicamente como un escudo para Irán; en algunos casos, se ha convertido en una estructura que Teherán debe sostener y proteger. Esto no significa que la red de aliados iraníes haya dejado de ser útil. Pero el conflicto ha demostrado que mantener este entramado exigirá cada vez más recursos y que algunos de sus integrantes han salido debilitados.

Convivencia con los vecinos del Golfo

El memorándum también ha abierto otra oportunidad para Teherán para redefinir su relación con las monarquías árabes del Golfo. Antes del conflicto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos consideraban la República Islámica la principal amenaza para la estabilidad regional. Hoy continúan desconfiando profundamente de Irán, pero también han llegado a una conclusión difícil de ignorar: el régimen iraní ha sobrevivido y será un actor central en Oriente Medio. La interrupción del tránsito marítimo en Ormuz, la amenaza sobre las infraestructuras energéticas y el temor a una nueva escalada han convencido a las monarquías del Golfo de que la estabilidad regional pasa, en alguna medida, por encontrar fórmulas de coexistencia con su gran rival. En las últimas semanas se han multiplicado los contactos discretos, las propuestas de pactos de no agresión y los intentos de crear mecanismos de desescalada.

Irán y las monarquías árabes continuarán siendo vecinos y, por incómoda que resulte esta realidad, deberán encontrar una manera de convivir. Pero esta convivencia tampoco estará exenta de rivalidades. La guerra ha dejado al descubierto las diferencias entre las mismas monarquías del Golfo. Mientras Arabia Saudita y Qatar parecen apostar por una relación más pragmática con Teherán, los Emiratos Árabes Unidos mantienen una posición más ambivalente.

Abu Dabi ha reforzado en los últimos años sus contactos políticos y económicos con la República Islámica, pero continúa viendo con preocupación el peso regional de Irán y la actividad de sus aliados armados. La República Islámica sale de esta crisis con una sensación de victoria y con la convicción de haber resistido a sus enemigos. Pero también se enfrenta a un paisaje regional muy diferente al de hace solo unos meses.

Sus grandes socios han mostrado los límites de su apoyo, algunos de sus aliados atraviesan un momento de fragilidad y sus vecinos árabes buscan nuevas formas de entendimiento. El memorándum de entendimiento no ha cambiado únicamente la relación entre Irán y los Estados Unidos. También ha abierto una nueva etapa para la política exterior iraní. Tras sobrevivir, Teherán intenta responder a una pregunta mucho más compleja: ¿cómo preservar su influencia en una región donde las alianzas que le dieron poder durante cuarenta años ya no funcionan exactamente igual?

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