Israel vende la guerra contra Irán como éxito militar, aunque comienza a admitir que el final es incierto
En los primeros días se hablaba de una victoria rápida pero ahora ya se cuestiona que el régimen de los aitaolás pueda caer
JerusalénDesde que comenzó la guerra contra Irán, el gobierno israelí le ha presentado como una respuesta necesaria ante un peligro existencial. Según el relato oficial, eliminar la amenaza nuclear y balística iraní y crear las condiciones para debilitar al régimen de Teherán son objetivos prioritarios. Pero dos semanas después del inicio del conflicto, la situación sigue abierta: Israel reivindica importantes logros militares, mientras que el resultado estratégico todavía es incierto. Públicamente la guerra va bien; en privado, las dudas son más visibles.
El balance inicial de la ofensiva es, según el ejército israelí, un éxito. Las Fuerzas de Defensa de Israel aseguran haber atacado infraestructuras estratégicas y reducir la capacidad de respuesta de Irán, sin grandes daños civiles dentro de Israel. Según los últimos datos oficiales, quince israelíes han fallecido desde el inicio de la guerra, mientras que el número de víctimas en el país persa supera las 1.300 y en Líbano las 680.
La emisora pública oficial de Israel Kan ha informado de que se han atacado cerca de 4.000 objetivos y destruido a unos 200 lanzadores de misiles. Según estos datos, Irán dispondría ahora de sólo un tercio de los lanzadores que tenía antes de la guerra.
Desde el punto de vista del gobierno, el mensaje está claro: la guerra está dando resultados. En un vídeo difundido la noche del jueves por la oficina de prensa del gobierno, con música épica e imágenes de operaciones militares, se destacaba la destrucción de más de 250 lanzadores de drones iraníes, ataques contra instalaciones vinculadas al desarrollo de armas nucleares en Teherán y bombardeos contra infraestructuras del grupo Hezbol.
Evolución del discurso
Sin embargo, el discurso oficial ha ido evolucionando. Si en los primeros días se hablaba de una victoria rápida y contundente, cada vez más algunos cargos sugieren que el fin de la guerra no se sabe cuándo llegará y advierten que derribar el régimen de los ayatolás dependerá en gran parte de la población iraní. El propio primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha afirmado que la estrategia israelí consiste en crear "las condiciones óptimas" para que los iraníes luchen contra el régimen, pero el jueves, por primera vez, admitió los límites de esta apuesta. "Puedes llevar a alguien hasta el agua, pero no puedes obligarle a beber", justificó.
Dentro del mismo gobierno israelí existe, desde hace días, cierta cautela en esta segunda fase de la guerra. Varios responsables han admitido en conversaciones internas recogidas por medios israelíes como Kan y Channel 13 que no existen garantías de que la guerra provoque la caída del régimen de los ayatolás. Algunos ministros, que no quieren desvelar su identidad, han dado a entender que un colapso político en Teherán podría tardar meses o un año, aunque la campaña militar terminara antes.
"A escala puramente militar existe un amplio consenso entre el gobierno y la opinión pública de que la guerra ha sido muy exitosa hasta ahora", explica al ARA el ex subasesor nacional de Seguridad en Israel, Chuck Freilich. "Pero comienzan a aparecer dudas entre la población sobre si el objetivo más amplio, el cambio de régimen, es realmente alcanzable". De momento, la estrategia israelí consiste en mantener una presión militar constante sobre Irán, un régimen que parece sostenerse pese a la pérdida de su líder supremo, Ali Jamenei, y la muerte de decenas de comandantes militares, académicos, ingenieros y civiles.
Apoyo a la guerra
No obstante estas incertidumbres estratégicas, el apoyo interno a la guerra sigue siendo muy alto. Una reciente encuesta del Israel Democracy Institute indica que cerca del 93% de los judíos israelíes apoyan la operación militar, mientras que el apoyo es mucho más bajo entre los ciudadanos árabes, que mayoritariamente prefieren un alto el fuego. El nivel de confianza en Netanyahu también se mantiene relativamente elevado, con cerca de un 74% de apoyo entre los votantes judíos.
"Amo a este país y creo que nos estamos defendiendo", afrima Niv, un joven de veinte años en una de las calles más importantes de Jerusalén, la calle Jaffa. "Si tenemos que ir a los refugios, vamos. No pasa nada". "Somos el mejor país del mundo. Israel puede con cualquier enemigo y lo estamos demostrando", añade su amigo. A pesar de este soporte generalizado, también comienzan a aparecer voces que expresan ciertas dudas. "Creo que se nos está escondiendo información", explica Yael, una residente judía de la ciudad. "¿Cómo puede que a veces no suenen las alarmas? ¿O que no sepamos cuántos misiles impactan realmente?"
En los últimos días, las Fuerzas de Defensa de Israel han reconocido varios "fallos aislados" del sistema de alerta. El martes, por ejemplo, dos cohetes arrojados desde Líbano hacia el centro de Israel, donde viven más de cuatro millones de habitantes, no activaron las sirenas. En Jerusalén las alarmas no sonaron durante cuatro días, aunque los vecinos escucharon las intercepciones de misiles constantemente en el cielo.
"¿Que fallan las alertas? ¿Pero has visto la cantidad de misiles que vienen hacia el país? Claro que pueden fallar, pero la Cúpula funciona, eso se ve", explica Mostafa, un vendedor de teléfonos móviles en la ciudad antigua. "Bibi lo tiene todo controlado. Creo que la mayoría pensamos así. Long live Israel", añade en referencia al primer ministro israelí.
En este contexto, algunos analistas consideran que el gobierno está intentando preparar a la opinión pública para una guerra más larga de lo previsto inicialmente. El miércoles, el Mando del Frente Interior advirtió a la población de que todavía quedaban "días difíciles" debido a los ataques de misiles iraníes y del fuego de Hezbollah desde Líbano, y confirmó que las directrices de seguridad y el estado de alerta se mantenían sin cambios. Ocho meses después de la guerra abierta del pasado junio contra Irán, Israel ha vuelto a empezar un nuevo conflicto, aún más intenso y extendido por toda la región, contra el propio adversario y con argumentos muy parecidos a los de entonces.