Netanyahu necesita ganar las elecciones para continuar escondiendo su papel en el 7 de octubre
Faltan pocas semanas para las legislativas israelíes convocadas para el 27 de octubre, unas elecciones que marcarán el futuro del país en los próximos cuatro años, y parece difícil que pueda haber cambios importantes en la dinámica del centenario conflicto con los palestinos. Durante la larga campaña en marcha estamos asistiendo a una evolución continuada de ataques entre el primer ministro, Benjamin Netanyahu, y los líderes de la oposición; una belicosidad que continuará creciendo hasta que se abran las urnas y que periódicamente está alcanzando enfrentamientos puntuales de mucha intensidad.
Durante la campaña se ha puesto sobre la mesa el comportamiento de Netanyahu durante el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Han pasado tres años desde la matanza de 1.200 israelíes y el primer ministro continúa impidiendo la creación de una comisión estatal que investigue lo que pasó aquel día y los errores que se cometieron.
Netanyahu insiste en crear una comisión gubernamental que él controlaría, frente a la comisión estatal que pide la oposición y que trabajaría bajo la supervisión independiente del Tribunal Supremo. En un primer momento, Netanyahu se mostró a favor de la comisión estatal, pero enseguida cambió de opinión pensando que no es lo que más conviene a sus intereses.
Este debate está al frente de la campaña y seguramente no se resolverá en una dirección u otra hasta después de tener los resultados de las urnas. Si gana la oposición habrá una comisión estatal, pero si vuelve a ganar Netanyahu será definitivamente gubernamental, es decir, más susceptible de ser manipulada desde el gobierno.
Este podría ser el principal cambio si ganara la oposición. Cabe no olvidar que ideológicamente una parte de la oposición está en sintonía con el Likud, aunque no soporte la figura de Netanyahu. Esto significa que si la oposición gana no habrá quórum para avanzar en el litigio con los palestinos.
Falta de presión internacional
La resolución del conflicto depende exclusivamente de una fuerte presión de la comunidad internacional. La semana pasada el Reino Unido castigó las importaciones de productos elaborados en los asentamientos judíos de la Cisjordania ocupada, una medida aislada y demasiado leve para tener repercusiones.
Los países occidentales deberían obrar conjuntamente en esta dirección, como ocurrió en la Sudáfrica del apartheid. Lo que los sudafricanos negros no consiguieron durante décadas de protestas y lucha, lo lograron dos años de sanciones internacionales.
A diferencia de la Sudáfrica del apartheid, en Israel el problema es que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no está en la sintonía requerida para resolver el conflicto. Esto significa que, sea cual sea el resultado de las legislativas del 27 de octubre, todo dependerá de la presión de los países europeos, y los antecedentes hacen que no seamos muy optimistas.
Es verdad que algunos dirigentes europeos han condenado la matanza sistemática de más de 70.000 palestinos de toda condición. Pero con las palabras no basta. Hace falta un consenso mayoritario para resolver la cuestión, un consenso que vaya más allá de las palabras. Y si este consenso tarda en llegar, quizás antes los palestinos vivos se verán desplazados y expulsados de la Franja de Gaza y de Cisjordania, una idea que cada vez más dirigentes israelíes expresan públicamente.