Trump ha caído en la trampa del legado

Cuando a principios de año Donald Trump ordenó la captura de Nicolás Maduro, algunos le acusaron de crear una cortina de humo para tapar los archivos publicados del pederasta Jeffrey Epstein. Quizás lo era, pero cada vez está más claro que, como muchos otros presidentes de Estados Unidos antes, ha caído en la trampa del legado. En el segundo mandato dejan de mirar las encuestas de popularidad y buscan escribir su propio epitafio.

La política exterior ofrece la posibilidad de conseguir metas trascendentes que les permitan garantizar su sitio en los libros de historia. Ronald Reagan dedicó su segundo mandato a poner fin a la Guerra Fría con Mijaíl Gorbachov; Bill Clinton se obsesionó con un acuerdo de paz definitivo en Oriente Medio (Camp David, 2000), y Barack Obama buscó incorporar a su legado el deshielo con Cuba y el acuerdo nuclear con Irán.

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El senador republicano Lindsey Graham, uno de los halcones más influyentes del Capitolio, recordaba esta semana en una entrevista en Politico cómo, poco después de la victoria de Trump del 2024, y mientras jugaban al golf, dijo al entonces presidente electo que, si lograba derrocar el régimen de los ayatolás, "sería como la caída del Muro de Berlín".

Admiración por Reagan

Trump adora Reagan. O, mejor dicho, la admiración que todavía despierta en muchos de sus conciudadanos y su instinto narcisista le lleva a querer no sólo un "momento Reagan", sino superarle. Por eso se quiere erigir en el líder que acabó con la teocracia en Irán y con el comunismo en Cuba.

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La guerra contra Irán, sin embargo, es un salto al vacío. Trump hizo campaña como el "presidente de la paz" y en su discurso de investidura aseguró que mediría su éxito no sólo por las batallas que ganara, sino por las guerras que terminara. Y añadió: "Y quizá lo más importante: las que no empezamos". Ahora ha arrastrado a Estados Unidos a un conflicto que persigue un cambio de régimen, el mismo que prometió evitar. Y lo ha hecho sin una estrategia clara sobre cómo conseguirlo y sin ningún miramiento por las consecuencias.

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Su apuesta comporta riesgos no sólo para Irán y la estabilidad regional, sino también internos. Los estadounidenses todavía tienen demasiado frescas las guerras interminables en Irak y Afganistán, y no ven con buenos ojos la operación. De hecho, una mayoría de los ciudadanos, aunque todavía apretada, se opone a la intervención; un rechazo que, previsiblemente, crecerá a medida que el conflicto se alargue.

Los republicanos e incluso las bases MAGA, que habían librado alAmerica first como un emblema aislacionista, han cerrado filas con Trump. Solo algunas voces influyentes de la derecha le han criticado abiertamente, aunque sin causar estragos. Pero mientras Trump se empantana en la guerra, los votantes están cada vez más inquietos por la inflación y por la economía: la gasolina, el único respiro que tenían, ahora sube, y el mercado de trabajo empieza a temblar; el informe del viernes fue un golpe de realidad –el país perdió 96.000 empleos en febrero y el paro subió hasta el 4,4%.

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Si la economía sigue empeorando y la guerra se alarga, las elecciones de medio mandato de noviembre serán demoledoras para su partido. Ahora los republicanos tienen mayoría en ambas cámaras, pero es muy posible que pierdan la cámara baja, y el Senado está cada vez más en juego.

Del resultado de estos comicios dependerá que la agenda de Trump pueda salir adelante o que una eventual mayoría demócrata tenga la fuerza suficiente para apretarlo. Si pierde el Congreso, se quedará sin margen de maniobra en el ámbito legislativo, y muy probablemente veremos a un presidente aún más atrincherado en la política exterior y su legado.