Análisis

Putin retrata los tiempos que dice que vendrán

El presidente, que saca pecho de la guerra en Ucrania, piensa y repiensa cómo eternizarse en el poder

En 2022 Vladimir Putin renunció a convocar su espectacular conferencia de prensa de cada año a mediados de diciembre. El ataque a Ucrania del 24 de febrero era un episodio relleno de incertidumbre, con las tropas ucranianas rehaciéndose y reconquistando territorio. Este 2023 Putin ha reemergido fortalecido en su escenario de siempre, y ha exhibido avances en la guerra. Pero no tantos para prefigurar "la ocupación y desnazificación de Ucrania", como pretendía imponer con rapidez con la llamada "operación militar especial".

En medio del plató, acompañado de una coreografía incondicional, el presidente ruso hace un retrato de los tiempos que vendrán en los que, claro, Ucrania irá siendo derrotada y abandonada por los aliados occidentales. "No tienen ni industria de guerra, ni dinero, ni ideología, ni futuro", dice Putin, que de poco no ha soltado lo que tiene en la cabeza: que Ucrania no es una nación sino parte de Rusia, que a la vez no es un estado sino “una condición espiritual”.

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Para acabar de redondear el panorama de buenas perspectivas, el dueño del Kremlin sitúa a las anunciadas elecciones presidenciales del 17 de marzo como un punto de inflexión, un momento histórico clave para asegurar la grandeza de una Rusia que él todavía ve amenazada en su existencia. Si vuelve a ser presidente, Putin conservará el poder al menos hasta el 2030. Las elecciones serán un plebiscito sin rivales. El Partido Comunista ruso seguirá haciéndole de oposición comparsa, mientras la burocracia neokagebista impedirá que el liberal Grigori Yavlinski consiga el papeleo para presentar la candidatura. Llegados a 2030, presentándose a un nuevo mandato, Putin podría gobernar hasta 2036. Entonces tendría 84 años y, aunque no lo ha mencionado, ya podría tener previsiones sucesorias. Un bien institucionalizado putinismo sin Putin. Algo parecido al “atado y bien atado” formulado por el general Franco para dibujar el imaginario posfranquista.

"Algo imprevista pasará"

Pero mientras Putin piensa y repiensa cómo eternizarse, él y su régimen, algunos de sus opositores clandestinos y exiliados no paran de pensar cómo llegar al postputinismo lo antes posible. Qué pueden hacer para debilitar al autócrata. O bien qué puede pasar que pueda desestabilizarlo y derribarlo.

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En la tradición soviética y rusa –ya lo he expuesto en otras ocasiones– los cambios de liderazgo no surgen del pacto y el consenso sino de conspiraciones y golpes de estado, como el de Lenin contra Kerensky en 1917, el del comité central contra Jruschov en 1964, el del politburón contra Gorbachov en 1991 o el de Wagner-Prigojin contra Putin, hace seis meses. Golpe fracasado, por supuesto, pero estudiado con lupa por expertos como la periodista exiliada Maria Pévtxikh, asesora de Aleksei Navalni –desaparecido desde hace días de la cárcel en la que cumple condena.

Pévtxikh no está de decir: “Algo imprevista pasará, sacudirá el régimen, y nuestra misión es evitar que pueda reponerse”. María Pévtxikh cree, pues, que la conspiración con más impulso podría estar incubándose dentro del propio régimen. Algo parecido –también lo he explicado– a lo que piensa el periodista búlgaro Hristo Grozen, convencido de que la gente de Wagner tiene alguna en la cabeza para vengar a Evgeni Prigojin y al mismo tiempo lanzar al vertedero el espejismo del putinismo eterno.