Trump remueve los fantasmas del nazismo

"¿En qué momento del diario de Anne Frank nos encontramos?". Las palabras de Pedro Rodríguez, profesor de relaciones internacionales de la Complutense, tienen un eco de sentencia. Una carga de profundidad que nos aboca a reflejar las amenazas de Trump con los crímenes de Hitler. El profesor respondía así a los comentarios de un debate televisivo en el que los tertulianos evitaban atribuir a Donald Trump calificativos demasiado densos. Que si un empresario caprichoso que se ha embolsado 3.000 millones de dólares durante el 2025. O tal vez un narcisista decantado hacia posiciones ultras. Nada de identificarle como fascista o directamente como nazi.

Y Pedro Rodríguez, abriendo el diario de Anne Frank, desenmascaraba de repente las reticencias a hablar claro. Reticencias que en Estados Unidos comparten personajes, digamos, equidistantes, como el periodista Robert D. Kaplan, pero que en modo alguno aceptan el Nobel de economía Paul Krugman ni el historiador Robert Paxton, para los que Trump es un fascista que recuerda a Hitler.

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Lo mismo que pensaba hace unos años su actual vicepresidente DJ Vance, que llegó a decir "Trump copia Hitler", y que ahora le admira y le obedece. Quien no ha cambiado de opinión es John Kelly, jefe de gabinete de Trump en el primer mandato, que sigue exponiendo sus temores del Trump fascista.

La ventolera de analogías no se detiene. De Minneapolis emerge una nada esperada. Grupos de la policía migratoria, el ICE, transitan enmascarados el paisaje urbano con una pose y unas maneras de hacer y de amenazar que ciudadanos y algunos medios asocian con las SS y la Gestapo, teniendo en cuenta el trabajo de detención, deportación y humillación que tienen asignado. Muy parecido a los tétricos séquitos hacia la tortura y la muerte que se esparcieron por Europa en los años 30 y 40. ¿En qué momento del diario de Anne Frank somos? ¿En qué secuencia de la destrucción de la democracia en EEUU, aunque las encuestas señalan cómo disminuye el apoyo social a Trump, ahora cerca del 36%?

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A Vladimir Putin ya le parece bien la anexión de Groenlandia en manos de Donald Trump porque sabe que este episodio le ayuda a mantenerse más o menos firme en Ucrania después de cuatro años de guerra. Vuelven a estar encantados de haberse conocido y poder hacer negocios juntos. Como los que hicieron Stalin e Hitler en agosto de 1939 hasta junio de 1941. Ambos compartieron un ideario de coacción económica, tecnológica y militar hasta que Hitler dijo lo suficiente.

Las elecciones de medio mandato, en peligro

Más escenarios parecidos a los de hace ochenta y cinco años: Trump adorna el estado títere y fallido de Venezuela con unas buenas relaciones inventadas y sin dar el paso de ocuparlo. Una maniobra que tiene el petróleo como fondo de la cuestión. El petróleo que empujó a Hitler a ocupar Noruega poniendo al frente a un colaboracionista de manual como Vidkun Quisling.

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El mismo colaboracionismo impuesto por Trump a Delcy Rodríguez que de momento la venezolana aguanta. Pero si el ejército chavista se dividiera y fuera a trompos –hecho nada inverosímil–, la Casa Blanca debería enviar tropas para salvaguardar el petróleo. Y entonces volverían a llegar a los aeropuertos de EE.UU. aviones cargados de ataúdes cubiertos con banderas. La gente de MAGA se enfadaría en serio. Tanto quizás como Chevron y sus socios, contrarios a escaladas militares que harían bajar –y de qué manera– el apoyo social a Trump.

¿Y qué podría ocurrir con las elecciones de medio mandato de noviembre? Más que nunca estarían en peligro de ser canceladas, o estropeadas con mecanismos de alteración de resultados. No hay que perder de vista lo que ha soltado Trump a Davos, como quien nada: "A veces se necesita un dictador".

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