GERARD MARTÍNEZ MINGUELL

Después del punto final

Los puntos finales tienen mala fama. Los usamos para despedirnos, cerrar historias y bajar persianas. Parecen irreversibles, casi crueles. Sin embargo, un punto final no deja de ser una pequeña mancha de tinta. A veces es el lugar donde empieza la frase siguiente.

Hoy publicamos el número 100 del Ara Terres de Lleida. La cifra impresiona, pero explica muy poco. No habla de las horas, las dudas ni las llamadas sin respuesta. Las cifras cuentan ejemplares; la memoria, personas. Inevitablemente, pienso en Maria Fauria y en aquella locura que llamamos 7accents. Queríamos crear un diario y plantar cara a un ecosistema acostumbrado a una sola voz. Primero llegó el reconocimiento como Mejor Nueva Publicación de Cataluña; después, la alianza con el ARA. Los nombres cambiaron. La necesidad de explicarnos, no.

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Ahora bien, yo tardé en entenderlo. Cuando bajamos la persiana de 7accents, creí que aquel punto final hablaba de mí. Había confundido dirigir con cargar, liderar con resistir y responsabilidad con culpa. Mientras tanto, los ataques de ansiedad me recordaban que nadie puede sostener solo el peso de una redacción.

Con el tiempo he aceptado que quizás no nací para capitanear grandes estructuras. Y no pasa nada. Quizás soy más útil como compañero de viaje, como gregario, empujando cuando el camino se empina. De hecho, un diario no es una gesta individual: nadie llega a cien solo. Por eso, este número 100 no es solo de un director ni de una cabecera. Pertenece a quien ha escrito, fotografiado, corregido, diseñado, repartido y vendido estas páginas. Y a quien las ha comprado, doblado, subrayado o dejado encima de una mesa para que alguien las leyese. Sobre todo, pertenece a una tierra que se niega a ser explicada siempre desde fuera.

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Así pues, cuando lo tenga en las manos, no veré una victoria. Veré las personas que nos han acompañado y aquel joven que quería desafiar los pronósticos con más ilusión que recursos. Esta vez no le diré que vigile. Le diré que lo haga. Que dolerá, sí, pero que valdrá la pena.

Al fin y al cabo, el 100 no llega después del 99, sino después de un punto final que se negó a serlo. Es la manera más bonita de volver a contar desde un: continuar creyendo que la página siguiente aún merece ser escrita. Quizás esto es el periodismo. Y quizás también es la vida.