En casas con piano no se habla valenciano
Lleida“Nos veremos por aquí o por Barcelona”, “Antes de que fuera su jefe”, “Ni recompensas para el trabajador”. Acento del sur entre una brisa marina y la puteada de una gaviota –¡no estoy de acuerdo!– La franja azul del diario Mediterráneo permite la gotita roja de Paco Navarro (“Un oxímoron es decir inteligencia militar”) y la de un reportajito –sorpresa grata– sobre el Futbolítica de Ramon Usall: un tiempo los futbolistas desafiaban tiranos. Tres mesas, una de valenciana (*Raimon: “Canto en valenciano, que es la manera que tenemos aquí de referirnos al catalán”) y otra de bilingüe que hace de transición a la última, castellana. En Castellón de la Plana la lengua es un buen lío.
Y la biblioteca es poca cosa, de infraestructura y de catálogo. No debe ser una prioridad. De clásicos contemporáneos comunes faltan Foix, Papasseit y M. Torres. De mujeres poetas principatenses, todas. De primeras espadas actuales, nada. El único ponentino que encuentro es Terra cansada, de Jordi Pàmias, publicado por la valenciana Perifèric. Los Països Catalans de Fuster tampoco son una prioridad. Me alegro, en cambio, con las ediciones institucionales de Xavier Casp y Bernat Artola, con la poesía de Josep Porcar y con los discos de Ramon Godes. Los deberíamos importar.
En Lleida tenemos suerte. No sé hasta qué punto somos conscientes, pero la tenemos. Un auditorio con una programación espectacular; un Museu Morera que por fin hace justicia a los Lamolla, Cristòfol, Benseny... Una Panera, un Orfeó, un Cafè del Teatre. Y en el ámbito privado tenemos, por ejemplo, un Screenbox que proyecta Lubitsch, Kurosawa, Chaplin y un montón de cosas más. Y unas librerías que han dado a la literatura el estatus que merece y que han dignificado al autor local. ¡Oh, La Irreductible! ¡Oh, La Fatal! Un Grans Records que promueve el vinilo y la música de los márgenes. Lástima del Antares. No me hago a la idea –mi juventud, la poesía, el amor, el jazz de l’Ignasi, el Monge, el Peralta...– ¡El Antares! Al lado de la Biblioteca Pública. ¡Qué suerte de biblioteca!
Donde van un poco despistados es en los Vinos y en Lluís Besa. Supongo que habría que hablar con ellos y hacerles entender que la fiesta, la alegría y el rock'n'roll son todavía mayores si se unen al territorio. Yo si fuera el alcalde o la concejala de Cultura hablaría con ellos: “¡Eh! ¡Genial, la iniciativa! Pero debéis articularla en torno a esto tan guay de aquí (Xavier Baró, Pardal Roquer, Fill del Mestre, Joan Lozano, Joan Baró, Meritxell Gené, Lapiaz, Bru...) Y del jazz de los Macià, Cebolla, Lledó...; y de los versos de los Sanuy, Cleofé, Meritxells (Nus i Cucurella)... ¡Veteranos y jóvenes, todas las disciplinas, juntos a hacer hervir el caldero! Así reventaréis”, les diría.
Porque en Lleida podría brotar una semilla fecunda como los Pomells de Joventut de Folch i Torres, que hicieron temblar Catalunya bajo los pies de unos niños que exhalan en procesión la flor de la virtud y blanden la raíz del terruño. Y es que en Catalunya tenemos... La canción, tenemos (“Ella tiene poder, Catalunya es poderosa...” Lo dice Peret). Y si bien es cierto que podríamos hacerlo todo mejor, no lo es menos que somos la nación sin estado más potente de Europa. Y cuando viajas, aún lo ves más claro. Por eso nos quieren dóciles, deprimidos, y se apuntan nuestros triunfos. No debemos sucumbir a la bota al cuello, hay que aferrarse a la canción. Una canción no se puede domar.
Reventaremos. Quizás incluso lo contará nuestro diario, que oscila, me atrevo o no me atrevo, entre las cabeceras azul y roja –la azul (el blues, ¡ay, ay, ay!), languideciendo por doquier los campos de amapolas. Y lo contará el Ara Terres de Ponent –¡por muchos años!– Y Andrés Rodríguez, el periodista que escribe libre como un acorde de Triana, pondrá a Laherida una venda de notas y colores mientras entona el Oh yeah! definitivo.