¿Quién tiene derecho a definir qué es un periodista? (2)

Si ayer abogaba por que fuera la prensa y no la política quien acotara qué es periodismo –y, sobre todo, qué no lo es e intenta hacerse pasar como tal–, hoy toca ensayar una posible definición. Podríamos hablar de ética profesional, de servicio al ciudadano o de entender y explicar una parcela del entorno. Pero si lo tuviera que reducir a su esencia más prosaica y depurada, para mí un periodista es quien informa siguiendo un método. Tan sencillo y tan fácil de desviarse. Mi primera tentación era apelar a la deontología profesional, pero no hace falta: seguir los principios periodísticos básicos –buscar los hechos, contrastarlos, narrarlos con rigor– ya implica observar la ética que supone a una actividad tan delicada. Ryszard Kapuscinski decía que los cínicos no sirven para este oficio. No sé si tenía razón, porque muchos de ellos tienen un futuro esplendoroso en pseudomedios y tertulias de televisión matutina. Pero un periodista puede ser cínico, descreído, nihilista o adorador de la Iglesia del Monstruo del Espagueti Volador que, mientras siga el puñetero método, no sufriremos daño.Además, centrarse en la praxis nos evita embarrarnos en los terrenos pantanosos de las consideraciones morales. Los energúmenos que apelan al periodismo para legitimar sus acosos no deben quedar descalificados del oficio por agresivos, alborotadores o malas personas en general, sino porque actuar desde una trinchera política y con intereses espurios los ha separado del método. En el Pareu Màquines de mañana cerraré esta miniserie argumentando por qué es importante que las asociaciones gremiales sean lo suficientemente valientes para trazar un perímetro más claro sobre quién puede ser considerado periodista y qué consecuencias deberían derivar de esta definición. Nos va ni más ni menos que el futuro del sector.