El nuevo documental de Jordi Évole y Eduardo Casanova para divulgar el VIH provoca una gran perplejidad. De entrada, por el título: Sidosa. El actor, que tiene el virus en situación indetectable por el tratamiento médico, dice a Évole: “Yo tengo sida. Bueno, no tengo sida. Yo digo «sida» como reivindicación, porque me gusta la palabra. El VIH y el sida son dos enfermedades distintas. Pero, al igual que los homosexuales nos apropiamos de la palabra «maricón», yo quiero apropiarme de «sidosa». Me encantaría”. Las reapropiaciones de palabras, sobre todo de los insultos, necesitan décadas de circulación cultural compartida. No son una decisión individual. Porque entonces se cae en la banalización y en la tentación de convertir un estigma histórico y sanitario muy grave en una operación estética. La feminización del término también desvía el foco. En España y en Europa Occidental, la epidemia afecta mayoritariamente a los hombres, con ratios que superan el 80% de los casos. Todo el mundo es susceptible de infectarse, hombres y mujeres, pero ponerle género femenino es una transgresión teatral que no tiene nada que ver con la realidad epidemiológica o con la pedagogía del VIH. Se entiende que el título busca la disidencia queer, pero esto también es una forma de volver a vincular específicamente al colectivo con la enfermedad, y esto reactiva imaginarios que durante décadas contribuyeron a la estigmatización.El resultado del documental es un despropósito. El papel de Eduardo Casanova diluye y entorpece la finalidad divulgativa por culpa de un egocentrismo y una inmadurez que convierten el relato en un bucle narrativo a veces insoportable. La retórica del actor confunde y hasta hace involucionar el discurso. Él mismo, en diversas ocasiones, ante el pánico a explicar a su entorno que tiene VIH en situación indetectable, especula con el momento de decirlo, y repite “¡Tengo sida!” En el contexto de un festival de cine propone a Évole: “Y si me subo y digo: «¡Mira, tengo VIH! ¡Que tengo sida!»”, haciendo sinónimas las dos condiciones. En el documental se dicen frases como “Nos hemos quedado en los ochenta” y “La cosa no ha cambiado tanto”. Unas afirmaciones injustas con la realidad, científica y humana.Una activista aconseja a Casanova que mantenga siempre la dignidad a la hora de comunicarlo, hablando desde la serenidad y la firmeza. El protagonista contradice el planteamiento. Es legítimo que el actor exprese miedo, angustia o vulnerabilidad. Pero el imaginario que proyecta al espectador es demasiado a menudo melodramático, de una emocionalidad hiperbólica centrada en la herida identitaria y una espiral de sufrimiento. Después de comunicarlo a su peluquero, le pregunta: “¿Ahora te da miedo cortarme el pelo?” Esto es ir atrás y reiterar prejuicios. Este drama encasilla el VIH en un dolor inexorable que va en contra de los avances médicos que han transformado la vida de las personas seropositivas. El documental queda muy corto en referentes positivos, normalización y pedagogía de prevención, que es lo que hace falta. Sidosa se organiza desde una autopercepción devastada que refuerza el estigma que se quiere combatir.