Heartstopper para siempre.
Periodista y crítica de televisión
2 min

Hace cuatro años, Netflix estrenó una serie para adolescentes que rompió los códigos preestablecidos del género para explorar relaciones más saludables. En un mercado audiovisual saturado de melodramas que romantizaban las conductas de riesgo, los trastornos mentales, las adicciones y los traumas, apareció Heartstopper. Influenciada por la estética naíf tomada prestada del cómic de donde es original la trama, nos explicaba la historia de amor entre Charlie y Nick, dos estudiantes de un instituto británico. La serie proporcionaba unos referentes LGBTQI+ a los que no habían tenido acceso una pila de generaciones anteriores, con la voluntad de reflejar un entorno seguro para todos los protagonistas. A pesar de los clichés y el positivismo que trasudaba la serie, no caía en el error de dibujar un mundo idílico. Reflejaba las fobias y hostilidades que lamentablemente persisten en la sociedad, pero demostraba cómo la creación de vínculos afectivos pueden devenir núcleos de protección que ayudan a la reivindicación y al activismo. Los protagonistas no son unos parias obligados a un drama de superación y lucha solitaria, sino un grupo de adolescentes que cuentan con una red de apoyo de amigos, familiares y algunos profesores que les ayudan a salir adelante como necesita cualquier chico y chica de esta edad. Aunque ni la segunda ni la tercera temporada fueron mejores que la primera, la serie supo sostenerse más o menos según las características iniciales. Pero Heartstopper ha muerto de éxito por culpa del virus Netflix, que inyecta criterios comerciales y hace olvidar singularidades y autorías. La plataforma ha rematado la serie con una película final de dos horas. Heartstopper forever es un drama farragoso y alargado sin sentido. Lo que explican lo podrían encajar en un episodio de veinte minutos. Han estirado tanto el chicle que, lógicamente, las criaturas se les han hecho mayores en cuatro días. Ya pasa aquello tan ridículo de tener un grupo de adultos fingiendo ser menores de edad. Una película sin trama ni conflicto más allá de una crisis de pareja absurda. Heartstopper tenía la virtud de evitar los tópicos y los malentendidos propios de las comedias románticas defendiendo la inteligencia de unos personajes que sabían expresar bien sus sentimientos. Esto ha desaparecido en beneficio del drama. De unos traumas que aparecen a conveniencia para construir conflictos sin esfuerzo. De un malestar indefinido que ensombrece a los protagonistas cuando hace falta un poco de suspense. Se ha potenciado la sexualización de Charlie y Nick, con cinco escenas de sexo a medio a oscuras distribuidas con cronómetro a lo largo de la película. El clásico manual televisivo con adolescentes quitándose la camiseta cada veinte minutos y utilizando el sexo como bálsamo para recuperarse de las lágrimas. Un tira y afloja que provocaba un bucle de mocosos que no paran de sollozar. Un ejemplo claro de cómo cargarse una serie entrañable y convertirla en un producto anodino para exprimir la teta del éxito de Heartstopper.

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