Por qué hace fortuna una foto de guerra?
La mayoría de diarios de Barcelona y de Madrid coinciden hoy con su fotografía de portada: un misil caído y no explotado en un campo sirio. Hay variaciones: El País la muestra al lado de un niño que se aleja caminando tranquilamente, en La Vanguardia vemos el proyectil acompañado de unas ovejas y en el ARA aparecen varias personas a su alrededor, una de las cuales le hace una foto con el móvil. Tenemos mil maneras de enfrentarnos por sexo, edad, religión, dinero, etnia, creencias, lengua, territorio o porque aquel me ha mirado de forma extraña, pero una cosa hermana a la especie humana en peso: desenfundar el móvil para fotografiar aquello que nos puede dar unos likes, aunque sea con un peligro potencial severo. La repetición de la misma estampa en diarios de signo diverso me ha hecho pensar en el último (y de nuevo, brillante) artículo de Ferran Sáez, sobre las fotografías de guerra. Sostiene el profesor: “El nuevo puritanismo –que no es moralista en el sentido estricto del término, sino solo estético y emocional– impone una especie de aversión colectiva a todo aquello que pueda resultar demasiado intenso, demasiado real o demasiado incómodo”.
Yo diría que, en este caso, se añade un factor no menor. Llevamos muchos días viendo imágenes de explosiones, y todas, como las familias felices de Tolstói, se parecen en su asepsia: una ciudad gris desde lejos y una bocanada de humo que se eleva hacia el cielo. Esta otra estampa, en cambio, tiene un gran poder estético y también simbólico porque muestra el contraste entre la vida mundana y la amalgama siniestra de metal que podría haber estallado para llevarse al otro barrio a unas cuantas almas. Si hubiera explotado, y algún fotorreportero hubiera captado su terrible efecto, ¿la prensa habría publicado las imágenes? Y cuidado, que la pregunta también interpela al lector: ¿Aquella imagen le habría empujado más a comprar el diario? Vamos hablando.