Unos Goya aburridísimos
La apertura musical de la gala de los Goya anticipaba la fragilidad del espectáculo que veríamos a continuación. A pesar de la buena voluntad de los presentadores, la pareja no transmitía sintonía. Tanto Rigoberta Bandini como Luis Tosar parecían incómodos e inseguros en un show que ni a ellos parecía hacerles el peso. Tosar estaba encaramado y parecía resignado a ejecutar el deber. A pesar del esfuerzo de ambos por fingir diversión y familiaridad, sus apariciones daban pena. La realización insistía en enseñar a Susan Sarandon observando el espectáculo. La actriz, agradecida y dispuesta a colaborar, parecía siempre con dificultades para entender y disfrutar de todo lo que pasaba a su delante. Fue incomprensible que en ninguna ocasión se uniera la presencia de la actriz de doblaje María Luisa Solá y la intérprete norteamericana, teniendo en cuenta que Solá ha sido su voz en castellano. La realización, en serias dificultades en algunos momentos, parecía insistir en conectarlas visualmente. El trencadís gozadinià fue el tópico gráfico que reforzaba la identidad barcelonesa de la fiesta. Se apreció una mayor notoriedad y sensibilidad por el catalán y el resto de lenguas cooficiales. Es lo que debería ser normal, y no un gesto en función de la ciudad que acoge la fiesta. Pero no puede ser que en un país plurilingüe, los agradecimientos en euskera no tengan intérprete.
Lo mejor de la gala fueron las transiciones audiovisuales que homenajeaban el 40 aniversario de los Goya, recordando los momentos más emblemáticos y emotivos, las grandes películas y los presentadores. Con una paradoja: el vídeo dedicado a homenajear el cine catalán era el montaje que los premios Gaudí no han sabido hacer nunca, ni siquiera en la última gala de conmemoración de los veinte años de la Academia.
Las actuaciones musicales de la ceremonia fueron un despropósito. Se incorporaron unas versiones muy carcas de temas musicales cogidos con pinzas en vez de hacer brillar las canciones nominadas. Quizás la Rumba de Barcelona con una Bad Gyal a medio gas fue el momento musicalmente más exitoso. La Bambola de Ana Mena con las apariciones fantasmagóricas de Guille Milkyway pareció más un accidente que un dueto.
La culpa de que la gala acabara a las dos y media de la madrugada y se entregaran los premios más importantes a partir de la una no se puede atribuir a la largura de los discursos. La mayoría fueron al grano. Es irónico que una ceremonia con tan poco ritmo estuviera patrocinada por una marca de relojes. Cabe destacar el discurso pertinente y emotivo del actor Álvaro Cervantes, sin necesidad de caer en la demagogia para conseguir la reacción del público, y las intervenciones del homenajeado Gonzalo Suárez y el presidente Fernández Méndez-Leite. En la veteranía encontramos la sustancia. Por otro lado, es decepcionante el poco don de palabra y la elocución precaria de muchos actores, incluso cuando se tienen que limitar a pronunciar un par de frases. El total black de los vestidos en primera fila era una alegoría del aburrimiento y la monotonía del espectáculo. Fueron unos Goya sin ningún momento luminoso.