'La gran cita' y la lógica del voyeurismo

Ya está disponible en 3Cat la temporada completa de La gran cita, el dating show que ha puesto a prueba la capacidad de la inteligencia artificial para predecir la compatibilidad entre personas. Los tres capítulos iniciales promovieron los primeros emparejamientos. Los tres siguientes sirvieron para poner a prueba estos vínculos con la intriga de si eran fruto de la intuición humana o de la determinación del algoritmo. En esta fase se perdió la rauxa del arranque y se cogió una inercia más pesada propia de estos psicodramas televisivos, en los que los diálogos derivan a aquello tan aburrido de “No sé si estoy preparado para tener una relación”, “Me han hecho mucho daño”, “Estoy en un momento en que quiero otra cosa”, “No quiero volver a sufrir”, “Necesito una relación abierta” y estas vicisitudes que dan pereza, sobre todo cuando no sientes un interés especial por la vida de los protagonistas.La dinámica del juego, sin embargo, es muy eficaz. El veredicto de la IA pone a prueba los vínculos. Unas parejas reciben el visto bueno de la tecnología. Otras descubren que han desafiado el algoritmo y se angustian por demostrar que la intuición está por encima de lo que puede predecir una máquina. La estrategia muestra un fenómeno interesante: el enorme poder que se atribuye a la IA como una garantía casi infalible a la hora de elegir pareja. La voluntad de contradecirla deviene épica, un atrevimiento. Incluso la pérdida de una oportunidad que quizás solo tienes una vez en la vida.Los dos últimos capítulos recuperan la intriga golosa del arranque. Aparecen las terceras personas que el algoritmo recomienda. También el riesgo de decidir si las relaciones continuarán más allá de las cámaras.Por suerte, el programa ha protegido a Dulceida dosificando su presencia con cuentagotas. La necesidad de condensar en ocho capítulos las historias de tantas personas provoca en el espectador una cierta desorientación a la hora de entender cuánto tiempo ha pasado para los concursantes y, sobre todo, detalles de su relación con otros participantes. Pero estas elipsis también se agradecen, porque nos ahorran mucha chatarra emocional que convertiría La gran cita en un culebrón de pacotilla. La gran virtud y la buena tolerancia del reality radican en la capacidad de síntesis a la hora de gestionar dramas y tensiones.Los protagonistas están bien adiestrados a la hora de exhibir su fe en la dinámica del juego. Emiten sentencias de esperanza y de agradecimiento en la justa medida que el programa necesita. En los mensajes finales entre las parejas se intuye la mano de los guionistas. La dinámica visual para explicar el desenlace de cada una de las relaciones es visualmente emocionante. Y el resultado delata un equilibrio sospechoso entre el poder de la IA y el amor romántico. La gran cita funciona porque estimula el disfrute del voyeurismo más elemental sin provocar vergüenza ajena.