¿Masculinizar el nombre de los huracanes salvaría vidas?

La pregunta puede parecer estrambótica, pero eso es lo que plantean los autores de un estudio científico. Tras seis rondas de encuestas, han llegado a la conclusión de que las personas consideran los huracanes con nombres masculinos como más agresivos que los bautizados con nombres femeninos y, por lo tanto, adoptan medidas de protección mayores. Me he enterado de la polémica, por cierto, gracias a la genial newsletter de Oye Sherman en Substack: seguidla para una dosis semanal de ingenio y observaciones agudas sobre temas deliciosamente random. El caso es que, como era de esperar, la cuestión ha generado un debate apasionado. Los críticos señalan algunos fallos metodológicos y discuten su muestra. Creen también que, como hasta el 1979 todos los huracanes tenían nombre de mujer –desde entonces se alternan–, esto causa un sesgo porque el número de víctimas mortales se ha ido reduciendo a medida que se perfeccionan las infraestructuras. Los autores del estudio han ido refutando algunas de las objeciones y, después de leer a unos y otros, la sensación que te queda es que el nombre tiene un impacto en la percepción, pero que vincular el género de un huracán a su mortalidad es muy atrevido, teniendo en cuenta que concurren muchos otros factores cada vez que se manifiesta uno.

Lo explico porque, en los medios, la dinámica empuja a aferrarse al titular llamativo y quedarse solo con lo que dice el trabajo científico. Se le añade al final la cola "según dice un estudio" y listo. Sin embargo, a medida que algunos científicos fuerzan conclusiones llamativas porque el eco mediático les permite asumir nuevas investigaciones, los periodistas deben extremar las precauciones y buscar posibles matices, correcciones u objeciones de voces autorizadas. Hay que preservar la ciencia de la espectacularización: es uno de los pocos bastiones que quedan para construir una verdad social compartida basada en hechos.