El ministro Puente y el cuerpo a cuerpo con los periodistas

El corresponsal en Estados Unidos del diario Abc, David Alandete, denunció al ministro Óscar Puente por un intercambio de mensajes en las redes que, a su parecer, lesionaban su honor. Ha salido la sentencia y no le da la razón: considera que las expresiones utilizadas por el titular de Transportes no son “insultantes, ultrajantes o vejatorias”, por mucho que sí puedan ser vistas como “críticas sarcásticas y, hasta, duras”. Está bien tener una línea clara que defina el perímetro que separa una cosa de la otra y se hace evidente que no hace falta recurrir al insulto para poder expresarse con contundencia y mala leche. Pero el párrafo que me parece más revelador es otro. En la nota facilitada por el Supremo se le recuerda a Alandete que “no se limitó al ejercicio ordinario de su actividad informativa, sino que asumió voluntariamente una posición especialmente visible y activa dentro de una controversia política de evidente interés general, contribuyendo personalmente al debate público generado”. Es decir –una vez le quitas esa profusión de adverbios terminados en “mente” y gerundios innecesarios típicos de la prosa abstrusa judicial– se le dice al periodista que si no quiere polvo, que haga el favor de no ir a la era.

Se debe exigir a los ministros que tengan un tono institucional, pero también me parece justo que si los periodistas deciden entrar en el cuerpo a cuerpo, el político al otro lado no tenga que limitarse a ser un pelele y pueda responder, aunque sea con el tono intempestivo que se ha impuesto en las redes. Es decir, que si se pasa tres pueblos –o cinco– pero no cae en el insulto el precio que pague sea político, no judicial. Hay algo de incómodo en ver a un montón de periodistas poniéndose exquisitos con los demás en las redes mientras ellos son los primeros en contestar con formas ásperas a todo el que osa señalarle las contradicciones.