Una paz que no cierra las trincheras de papel
Los diarios celebran este viernes el fin –o al menos la pausa– del conflicto que estos dos años han mantenido Israel y Palestina. Un vistazo al quiosco de prensa internacional evidencia una curiosa tendencia española que no he visto en Europa o América: la mayoría de periódicos han ofrecido en sus respectivas portadas dos fotografías mostrando la alegría que hermana a las personas de la calle a ambos lados de la guerra. Se trataba de una curiosa simetría que corría el peligro de transmitir equidistancia entre el ataque intolerable de Hamás y una respuesta de Netanyahu que multiplica por más de 50 el peaje mortal de esa masacre inicial, si nos ponemos a contar civiles. El asunto del peso desigual de los fallecidos en el periodismo siempre duele sacar a colación. Pero al menos ninguna cabecera ha ofrecido sólo la foto de la joya en Tel-Aviv, como sí hacía el británico The Times.
Ahora bien, el equilibrio en España era sólo gráfico, ya que existían diferencias sustanciales en los editoriales. Los de la derecha focalizaban su punto de mira en Hamás, exigiendo su desaparición, en unos textos que supuraban un subtexto inquietante: los gazatinos han tenido lo que merecen, lo que, como mucho, muy mínimo, es una ultrasimplificación. Al otro lado, El País recordaba que "dos millones de personas seguirán atenazadas por la destrucción, el hambre y la carencia de los servicios más básicos como luz, agua y medicinas". Cada uno expresa sus urgencias. Y, en cualquier caso, se hace evidente que la cuestión de fondo dista de estar resuelta. Y no lo está ni sobre el terreno, ni en las instituciones internacionales –¿se juzgará nunca a Netanyahu?– ni en los relatos de prensa. Si no había acuerdo al decir que se estaba perpetrando un genocidio, ninguna solución política despertará un mínimo consenso en esta cuestión polarizada.