Emoción, humor y largas ovaciones en el concierto de Año Nuevo en Viena bajo la batuta de Nézet-Séguin
El concierto se transmitía a 150 países para una audiencia estimada de 50 millones de espectadores
BarcelonaCon más entusiasmo que precisión metronómica, el público asistente a la Sala Dorada de la Musikverein de Viena cumplió el ritual y palmeó para marcar el ritmo de la Marcha Radetzki, de Johann Strauss padre. Terminaba así el tradicional concierto de Año Nuevo que, con una audiencia estimada de 50 millones de espectadores de 150 países, es la primera cita televisada global del año. En España fue La1 la encargada de ofrecerle, con narración de Martín Llade, y la emisión tuvo especial sabor a nostalgia, ya que, tras más de una década de ausencia, la pública recuperó otro de los turrones tradicionales de estas fiestas: los saltos de esquí desde la localidad alemana.
La batuta del concierto la tomó el canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975), que ha dirigido la Filarmónica de Viena en una treintena de ocasiones, pero era su debut en este formato de Fin de Año. En total, diecinueve directores han dirigido el recital desde que se institucionalizó en 1939, ninguno de los cuales ha sido una mujer. Sí hubo un par de compositoras en el repertorio, tal vez a modo de disculpa: la fundadora de la primera orquesta femenina europea, Josephine Weinlich –de quien se hizo sonar el arreglo que Wolfgang Dörner hizo de la polca-mazurca Sirenan lieder– y la americana Florence Pine, en este caso el Vales del arco iris que compuso para piano.
En total sonaron dieciocho obras divididas en dos partes y una propina (de tres piezas). Un tercio de las composiciones eran novedades, aunque como viene siendo habitual las obras de Strauss padre e hijo acaban siendo las más celebradas por el público asistente, al que se convocó con dos horas de antelación, ya que el proceso de comprobación de las entradas y registros de seguridad fue especialmente exhaustivo. Algunos de los temas debutantes fueron el vals Donauságeno (de Carl Michael Ziehrer), el Galope Malapou (de Joseph Lanner) y la polca rápida Brausteufelchen (de Eduard Strauss).
Había, pues, una clara voluntad de modernizar el recital –que destacó también por la emotividad– con la introducción de piezas inéditas y la reivindicación de las compositoras, aunque a la vez mantiene su esencia, con la fastuosa sala que le vio nacer llena de las flores frescas de los jardines de la ciudad. "La música puede unirnos a todos porque vivimos en el mismo planeta", señaló el director en su breve intervención inicial, justo antes del brindis por el nuevo año. Nézet-Séguin deseó "paz en los corazones y, sobre todo, paz entre todas las naciones del mundo". La emoción, sin embargo, no estuvo reñida con toques de humor, como cuando algunos filarmónicos se cogieron gorras de ferroviarios durante la interpretación de Galope de Københavns Jernbane-Damp, de Hans Christian Lumbye, para celebrar la conexión de trenes entre las ciudades de Copenhague y Roskilde. Si la longitud de las ovaciones es termómetro de algo, éste será recordado como uno de los conciertos de Fin de Año más relevantes de las últimas ediciones.