Perdone, ¿me podría romper la cámara, por favor?

Mi catódica compañera Mònica Planas comentaba el otro día el cinismo que supone ver según qué eminencias televisivas regañando a los políticos por el tono de la conversación pública, para acto seguido agitar el avispero de la crispación con un palo, una vez terminado el editorial solemne. Critican el uso de insultos y vídeos hirientes en las redes, pero los reproducen con deleite y amplifican su difusión. Leyéndola, pensaba en cómo está naciendo un subgénero periodístico también teñido por el cinismo, que es el de ir a las manifestaciones buscando la agresión contra el pobre reportero que han destinado allí, para poder erigirse entonces en víctimas. Nacho Abad montaba un numerito el otro día en Cuatro porque le habían roto la cámara. Un vídeo del Malas lenguas de La 1 en el que varios Homo fatxus insultaban a una reportera se hacía viral. Incluso Iker Jiménez ha tenido el estómago de pedir respeto por el trabajo periodístico –¿periodismo?– después de que unos manifestantes se encarasen con una reportera.

Repetiré la obviedad, porque es una época fatídica marcada por la literalidad: la violencia física no es admisible. Ahora, limitarse a decir esto sin constatar que algunos programas buscan precisamente este momento de oro televisivo es tener la cara dura. La prensa no se escapa: alguien debería contar cuántas chicas jóvenes y de belleza canónica aparecen en primer plano cuando una manifestación les gusta, y cuántos rostros medio desfigurados gritando como energúmenos si es por una causa a la que se oponen. Es verdad que seleccionar los perfiles más extremos de una marcha ayuda a visualizar el sustrato sociológico que la alimenta. Pero, al mismo tiempo, en la caricatura hay un elemento más que engrosa esta polarización irrespirable, capaz de impedir cualquier debate mínimamente sereno y racional.