Perros en el microondas (y políticos en el congelador)

El ex primer ministro polaco y actual jefe de la oposición, Jarosław Kaczyński, declaró en rueda de prensa que Péter Magyar, flamante ganador de las elecciones húngaras, había matado al perrito de la casa metiendo al cachorro en el microondas. Lo atribuía a las memorias escritas por su exmujer, pero resulta que ni la exmujer ha publicado ningún libro ni consta en ningún sitio que Magyar cocine perros como quien se prepara unas palomitas de sobre. Todo viene de una noticia de un medio creado justo dos días antes de lanzar esa escandalosa noticia falsa y que los analistas vinculan con uno de los grupos que ejecutan este tipo de operaciones para el Kremlin. Eso de decir que tu enemigo se come las mascotas ya sabemos que da buenos réditos, como demostró Trump hace un par de años, con un mensaje de Facebook donde se aseguraba que migrantes haitianos en Springfield (Ohio) capturaban y se comían las mascotas del vecindario.

¿No debería haber una consecuencia para el político que intoxica de esta manera burda? A un servidor público se le exigen una serie de ejemplaridades, pero, curiosamente, no la de la veracidad. Se debe dar por supuesto que su oficio pasa, de manera inevitable, por la torsión del relato. Sería interesante estudiar por qué la ciudadanía no castiga la intoxicación. La principal dificultad, teóricamente, es poder distinguir el simple error o ignorancia de la malicia consciente. Kaczyński se justificaba diciendo que él solo replicaba lo que había leído en los medios. Pero es una excusa pobre, porque detrás no había ninguna marca informativa mínimamente solvente y consolidada. El caso muestra el peligro de la devaluación del concepto de verdad y cómo la damos por imposible, en medio del ruido que determinados políticos –y pseudomedios– alimentan. Y nos debemos una reflexión colectiva sobre por qué castigamos tanto algunos comportamientos veniales y tan poco la mentira.