Las primeras horas de la tragedia
En la televisión, las primeras horas de una desgracia siempre suelen ser las más prudentes. Son momentos en los que hay que hacer equilibrios porque la urgencia por saber contrasta inevitablemente con la lentitud del rescate y la obtención de datos.
El miércoles TV3 modificó, acertadamente, la programación. La selva cubrió la franja de la tarde, en la que la tertulia con expertos y neófitos sirve como sistema de transición entre las informaciones más específicas.
A continuación se hizo un buen Telenotícies y un buen especial a partir de las diez de la noche. El despliegue de profesionales de la cadena en el lugar de los hechos y en los puntos clave fue encomiable. El análisis fue más allá del aspecto más técnico. Fue interesante abordar la perspectiva política teniendo en cuenta que la tragedia se ha producido en una precampaaña electoral muy tensionada que condicionará, sin lugar a dudas, el discurso de los partidos en las semanas que vienen.
Hay otro recurso televisivo que ya hace años que se ha normalizado que es el de partir la pantalla y emitir en bucle el escenario de la catástrofe: la chatarra de los trenes, los equipos de emergencia, las imágenes de los supervivientes todavía consternados... Son postales que funcionan casi como un anestésico para el espectador, se le acostumbra al horror y se alimenta la angustia.
Otra estrategia es la de extraer historias: entrevistar a supervivientes o familiares para que expliquen lo que han vivido. Sirve para transmitir toda la violencia del accidente desde la emocionalidad. Cuando la información no fluye con la rapidez necesaria, esta es la alternativa: el retrato del dolor. En el especial de Objetivo La Sexta, por ejemplo, mostraban las imágenes grabadas de una mujer desconsolada que no encontraba a su hermano, que viajaba en uno de los trenes. Lloraba en un estado de ansiedad terrible. Minutos después la veíamos en directo a través de una conexión. Habían pasado unas cuantas horas de aquella escena, estaba más calmada, pero todavía le caían las lágrimas. Daba la descripción física del hermano por si alguien lo había visto. Poco después de despedirla, repetían las imágenes grabadas de su consternación.
En medio de la voracidad informativa, el periodismo tiene poco tiempo para reflexionar sobre sí mismo. Todo el mundo reproducía los audios del centro de control con los maquinistas, sin valorar por qué se habían filtrado a la prensa. Sin duda, tienen un valor relevante, pero cabe preguntarse en qué contribuye la filtración.
Existen recursos gráficos que tienen significados implícitos. En La Sexta preguntaban a los colaboradores si el ministro Óscar Puente debía dimitir. Simultáneamente, mostraban imágenes suyas, pero rodeaban su rostro. Una manera de señalarlo que ya dejaba entrever la respuesta. En los próximos días, como suele pasar, el relato será más explícito y veremos cómo la pretendida humanidad informativa se convertirá en un escaparate cruel lleno de dolor.