De pronto, dos documentales sobre ETA

Netflix acaba de estrenar Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo, un documental de Jon Sistiaga y Juanjo López que profundiza en la cuenta atrás que fijó ETA para matar al concejal del PP de Ermua tras secuestrarlo, en julio de 1997. La emisión ha coincidido con la efeméride, a pesar de no tratarse de un aniversario redondo: este verano se cumplen 29 años de aquel asesinato. El documental ha coincidido, con pocas semanas de diferencia, con el estreno en Movistar+ de Gregorio Ordóñez, el asesinato que despertó la rebelión contra ETA. La producción de El Diario Vasco conmemora el atentado contra el concejal del PP del Ayuntamiento de San Sebastián en 1995.

La coincidencia parece sintomática, teniendo en cuenta que este tipo de homenajes audiovisuales acostumbran a hacerse buscando aniversarios redondos. Es inevitable malpensar si, en un contexto político tan convulso en España entre el PSOE y el PP, en plena guerra parlamentaria, judicial y mediática, emergen de golpe documentales que reactiven el relato del terrorismo contra víctimas del PP. Ambos documentales sostienen la tesis de que aquellos asesinatos provocaron un punto de inflexión en la reacción de la ciudadanía contra ETA. Es lógico que se quiera dar un sentido a muertes tan trágicas y considerar que la desgracia sirvió para cambiar las cosas, a pesar de que la banda terrorista continuó matando en los años posteriores.

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El asesinato de Miguel Ángel Blanco, anunciado con un ultimátum, provocó una conmoción social tan grande, por su crueldad, que ver el documental de Netflix es casi un impulso, porque con los años perdura el impacto, pero hemos borrado los detalles. Recuperar la historia obedece a la necesidad de entender mejor qué pasó y, sobre todo, descubrir todo lo que no se nos explicó entonces. El uso de fragmentos televisivos de aquellas horas permite constatar la evolución de las coberturas informativas y de la protección de los afectados. Ahora bien, como es habitual en las producciones de Sistiaga, el enfoque periodístico provoca estupor. El documental es emotivo y cuenta con testimonios de primerísima mano, tanto en el aspecto político como en el familiar e informativo. Que la voz que abre el relato sea la del rey Felipe VI demuestra la voluntad de validar la oficialidad del relato. Ahora bien, la locución en primera persona de Sistiaga es lamentable. Y no solo por un guion azucarado y efectista leído con una ramplonería penosa, buscando pausas y recursos líricos. También porque pone más paños calientes que otra cosa incluyéndose en el drama como si él hubiera estado más cerca que nadie de localizar el escondite de ETA. Las imágenes de Sistiaga paseándose pensativo por el cementerio, dirigiéndole un mensaje al muerto como si pudiera escucharlo, dan vergüenza. Algunos planos de recurso son dudosos porque no sabes si son reales o recreados. Y sorprende que se incluyan las imágenes de Blanco ensangrentado y en camilla ingresando en el hospital. 

Miguel Ángel Blanco: 48 horas que lo cambiaron todo es interesante por la historia, pero el exhibicionismo egocéntrico de Sistiaga desactiva el valor documental.