El regalo envenenado del 'gender swapping'

¿Y si el próximo James Bond fuera una chica? Tanto el actor Daniel Craig como la guionista Phoebe Waller-Bridge se han posicionado en contra de esta opción, pero es significativo que el llamado gender swapping –cambiar de género a algún personaje icónico– haya llegado a un cliché de la masculinidad como el famoso agente 007. Series como Kung Fu, El príncipe de Bel-Air o Sherlock preparan sus regresos, pero con protagonistas femeninas. En general, me parece un mal negocio, tanto para las ficciones como para el feminismo.

Me recuerda demasiado a cuando la televisión empezó a visibilizar a colectivos que se habían escondido bajo la alfombra, como el LGTBI. Con la mejor de las intenciones, a menudo se mostraba a personajes cuya única característica distintiva era su orientación sexual. Eran el gay. O la lesbiana. Y hacían de gais o lesbianas aportando a las tramas conflictos ligados a esta condición. Quizás era un paso necesario, pero muy pronto se hizo evidente que lo que hacía falta era dejar de considerarlos una presencia exótica –o, peor todavía, una cuota para calmar conciencias– y dibujar personajes interesantes y que resultara que una de sus múltiples dimensiones era una sexualidad diferente a la heterosexual. Que podía jugar un papel narrativo o dramático en la narración... o no. Es decir: verdadera normalidad.

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Lo mismo pasa con los géneros. Que hacían falta heroínas no hace falta discutirlo. Que demasiados personajes femeninos solo eran la chica de, tampoco. Bien por la Rey de StarWars, o la Jodie Whittaker como Doctora Who. Pero cuanto antes pasemos pantalla, mejor. Porque, si no, estamos manteniendo esquemas que querríamos superados y solo cambiamos el revestimiento. Que las cazafantasmas sean ahora mujeres es tan solo un truco de marketing. Lo que está moviendo el imaginario son papeles como el de Claire Danes en Homeland, Kate Winslet en Mare of Easttown, Elisabeth Moss en The handmaid's tale o la propia Phoebe Waller-Bridge en Fleabag. Estos son personajes de calibre que no beben de ningún lugar común masculino. Y que muestran a mujeres fuertes haciendo valer su voz en entornos machistas.

La solución está en la raíz, de hecho. Dejar espacio a las creadoras, a las guionistas. Que inventen personajes con inquietudes genuinas, no herederos precisamente de un estado de cosas que aspiramos a dejar atrás. Fuera corsés, pues. El mundo no necesita una Jimmie Bond, porque acabará siendo la caricatura de un personaje que ya es una caricatura. (Querida, pero caricatura, admitámoslo). Larga vida a las espías, pues, a las que se deja ser como quieren.