El papa León XIV todavía no ha puesto los pies en Cataluña y ya estamos saturados de actos religiosos gracias a una televisión extraordinariamente beata. La 1 de TVE está asumiendo la retransmisión de todas las ceremonias con una fe y una alegría inauditas. Para rematarlo, en algunas franjas televisivas (por ejemplo la del lunes por la tarde), ofreció una cobertura triple: La 1, La 2 y el canal 24h al unísono ofreciendo el mismo contenido religioso.Más allá de las reverencias y los besos en la mano en el aeropuerto, de todos los expertos alabando al Papa con devoción y de los adolescentes cantando canciones de misa ante el micrófono de la tele pública, llama la atención el perfil de feligrés que nos han enseñado en los actos masivos de Madrid. Una misma manera de vestir, con unas tonalidades de color compartidas, una determinada clase social, un estilo de familia muy parecido y unas medallas colgadas al cuello que parecen hechas en serie. En esta época de furor religioso que nos toca sufrir y que trasciende la misma Iglesia, la televisión nos muestra un creyente de una cierta homogeneidad de aspecto y conducta que distorsiona la idea de la fe y la confunde con un estatus y un talante ideológico.Con la visita del Papa al Congreso de los Diputados, la televisión nos mostraba otro tipo de uniformidad muy poco habitual en las retransmisiones que nos llegan normalmente desde allí. En los últimos años, en el hemiciclo hemos visto gritos, malas caras, enfrentamientos agresivos, desprecios y desagradables gesticulaciones que los diputados se dedicaban entre ellos. El lunes por la mañana, más allá de la alfombra roja y la pompa para recibir a la autoridad vaticana, en la sede del poder legislativo descubrimos unos diputados dóciles y calladitos que hacían cola para saludar al pontífice. En el hemiciclo, todos bien juntitos en los escaños, bien elegantes y educados. Lleno hasta los balcones de las visitas. En algunos programas incluso delataban a las autoridades que solo habían pasado dos minutos en las tribunas para cumplir el expediente. Todos atentos a las palabras del Papa y, para cerrar el discurso, La 1 nos subrayaba que los siete minutos de aplausos que le habían dedicado los diputados eran el récord de una ovación parlamentaria. En tiempos de polarización y máxima crispación política, resulta que la audiencia, desde su casa, observa que quien tiene el poder conciliador en el Estado, ¡vaya usted a saber!, es la Iglesia. Una Iglesia que no tiene, precisamente, unos valores muy democráticos. No solo por sus convicciones respecto al aborto, la eutanasia, la homosexualidad o la igualdad entre hombres y mujeres, sino también porque es una institución que ha infligido mucho dolor con los abusos sexuales y ha guardado silencio sobre sus delitos. ¿Qué mensaje da a los ciudadanos un Papa dando el sermón desde el atril presidencial del Congreso con todos los diputados haciendo de comparsa como monaguillos obedientes? Uno ultraconservador, con la Iglesia y la fe como único cohesionador posible, que no se corresponde con el de un estado aconfesional ni con los valores de una gran parte de la ciudadanía.