Trump y el espejismo de la memoria infinita de internet

La Universidad de Harvard ha celebrado esta semana un maratón peculiar: no se trataba de correr los 42 kilómetros y los 195 metros de propina, sino de pasarse el día capturando las bases de datos gubernamentales en materia de salud y poniéndolas a cobijo. Temen que Donald Trump haga desaparecer recursos útiles en los equipos de investigación, porque, ya se sabe, el método científico y la testosterona gubernativa no casan especialmente bien. No es un miedo en abstracto, porque han detectado que algunos de los fondos documentales han dejado de estar disponibles. Después de siglos en los que el conocimiento humano se almacenaba en soportes perecederos o inflamables –el cerebro humano, los libros, las cintas de vídeo–, la llegada de internet creó la ilusión vana de que la memoria de la civilización ya podía ser eterna. Como si los servidores no pudieran destruirse o una mano consciente no pudiera borrar el rastro de una publicación. Por eso la comunidad de Harvard se pasó un montón de horas trasladando los archivos digitales gubernamentales accesibles a servidores propios, al abrigo de las pezuñas de Trump.

Desde hace más de 70 años, Estados Unidos ha publicado un informe semanal con las causas de mortalidad en el país. Este martes una herramienta fundamental para detectar la expansión de la hepatitis y los primeros casos del sida falló a su cita por primera vez. En la web de que la hospedaje se lee un mensaje lacónico y siniestro: "La página se está modificando para cumplir con las órdenes ejecutivas del presidente Trump". El megalómano jefe tiene muchas maneras de hacer política hostil con la información. La presión en los medios de comunicación es una de las vías que está emprendiendo. Pero hay otras, más discretas, que pueden tener consecuencias igualmente nefastas.