Violencia institucional frente a la cámara
Las imágenes de un agente de inmigración asesinando a tiros a una mujer en Minneapolis son devastadoras: por la violencia gratuita y por la impunidad de la actuación. Una testigo grabó la escena con el móvil, desde muy cerca. En choque por lo que acaba de pasar ante sí, la oímos gritar y reprochar a los agentes su conducta brutal, lo que acentúa el dramatismo del momento. Hay más vídeos que captaron otros instantes y que servían a los informativos para evidenciar la trayectoria del coche antes y después de los disparos, y para demostrar cómo se impidió que un médico que estaba en el lugar de los hechos atendiera a la víctima. El departamento de Seguridad Nacional aseguró que la mujer quería atropellar a los agentes y le han acusado de "terrorismo doméstico", añadiendo como una tipología de delito un adjetivo claramente sexista para justificar que hayan asesinado a una mujer de 37 años, madre de tres hijos, con el coche lleno de peluches y juguetes infantiles.
En la mayoría de los casos, tanto las televisiones estadounidenses como las de aquí alertaban de la dureza de las imágenes antes de su emisión. Como era de esperar, los espacios más sensacionalistas repetían en bucle la escena violenta. Más allá del peligro que comporta la descontextualización de los hechos, es una forma de anestesiar la sensibilidad de la audiencia. La agresividad y el abuso se convierten en rutina. Muchas cadenas hicieron explícita la verificación de la grabación. Un planteamiento periodístico que pone ya en evidencia el contexto informativo. Es tan bestia lo que vemos y tan obvio el abuso de autoridad que la duda que pueden crear las imágenes se anticipa. Ya no confiamos en lo que vemos. La escena parece una secuencia propia de una serie distópica en la que se busca consternar al espectador a partir de introducir una violencia extrema en situaciones cotidianas en las que todo el mundo se reconoce.
Los medios reproducían varios retratos de la mujer para explicar quién era. No es gratuito. De forma implícita, sirve para insinuar que la mujer no se ajusta a los estereotipos vinculados a este tipo de situaciones: una estadounidense blanca, rubia, no migrante, en un barrio residencial y haciendo una maniobra con el coche a escasa velocidad. Si ella es el objetivo a abatir por los ICE todo el mundo se siente en peligro. Las imágenes están grabadas con un teléfono móvil, y es la televisión quien avala el material. En un caso como éste, el móvil se convierte, sin pretenderlo, en un dispositivo de garantía ciudadana. La cámara del teléfono no pudo proteger su cuerpo ni evitó la violencia, pero está siendo útil para desactivar públicamente la versión institucional de los hechos. Si nadie lo hubiera grabado, ¿qué relato habría prevalecido en los medios y en un tribunal? La pérdida de las libertades es evidente cuando ya no prevalecen ni los derechos ni la presencia de testigos, sino sólo la existencia casual de una grabación de móvil con un punto de vista privilegiado. No siempre será así.