Una imagen del documental 'Fukushima: A Nuclear Nightmare'
Periodista y crítica de televisión
2 min

Los cincuenta de Fukushima, refiriéndose a los trabajadores que se mantuvieron dentro de la central nuclear después del tsunami de marzo del 2011, en realidad eran sesenta y nueve trabajadores. El número redondo proporcionaba un titular más atractivo. Quince años después de aquella gran catástrofe que provocó más de veinte mil muertos, un documental homenajea a aquel equipo. Ellos actuaron convencidos de que arriesgar su propia vida era una deuda que tenían con los ciudadanos. Pero la decepción por las negligencias de Tepco hizo que la sociedad japonesa no los percibiera como héroes.

Fukushima: A nuclear nightmare (Movistar+) es un documental que relata todo lo que pasó en la central nuclear después del tsunami. Intervienen los ingenieros que afrontaron la emergencia, los especialistas que les asesoraron, los bomberos que participaron en el enfriamiento de los reactores, los asistentes de las autoridades políticas y analistas de aquel desastre. No es una historia muy diferente de las que ya hemos visto en otros documentales sobre catástrofes nucleares. De hecho, el director, James Jones, ya dirigió el magnífico documental Chernobyl: The lost tapes. El conocimiento de casos similares hace que el espectador se anticipe a los acontecimientos. Casi está esperando que llegue el momento en que los protagonistas que estaban gestionando la catástrofe asuman la llegada de lo peor. En Fukushima: A nuclear nightmare no tarda en llegar este instante, y es impactante la manera en que se decidió quién formaría parte del escuadrón de sacrificio. El trauma social y cultural existente en Japón con todo lo que se vincula con la energía atómica va emergiendo en el relato.

En el documental se alternan las entrevistas con imágenes de archivo del terremoto, del tsunami y de sus consecuencias sobre la central nuclear. También se incluyen recreaciones para explicar las dificultades de comunicación que se afrontaron desde la sala de control. Por supuesto, no faltan las imágenes grabadas por los mismos ingenieros y operarios que filmaban su periplo por las entrañas del gran edificio nuclear, por las entrañas de los reactores, intentando encontrar una solución que minimizara la tragedia. Son siempre las secuencias más angustiosas. El relato evita dar detalles de la repercusión sobre la salud de aquellos sesenta y nueve trabajadores que resistieron hasta el último momento. Quedan las fotografías de grupo, que se hicieron para dejar constancia de su resistencia. El guion se centra en todo el proceso de emergencia y deja para el final la mala praxis y las irresponsabilidades de Tepco. Las instalaciones de Fukushima no estaban preparadas para el impacto de un tsunami: “No se prepararon porque reconocer el riesgo de un tsunami iba en contra de la ortodoxia, del mito de la seguridad”. En las conclusiones se cuestiona si la energía nuclear debe estar en manos de empresas privadas que priorizan el beneficio. “Más que un error humano, podemos decir que fue el comportamiento humano el que influyó”, concluye uno de los testimonios. Un documental que, más allá de Fukushima, obliga a preguntarse quién administra el bien común y hasta qué punto nuestro bienestar queda en manos de poderes que a menudo ni conocemos.

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