Ecología

Meg Lowman: "Sabemos más de la Luna que de lo que vive encima de nuestras cabezas"

Bióloga, autora de "La arbonauta" (Galaxia Gutermberg, 2026)

22/06/2026

Cuando Meg Lowman (Nueva York, 1953) empezó a trepar a los árboles en los años ochenta, casi nadie estudiaba las copas de los bosques. Aquel mundo suspendido entre las ramas era, en gran parte, un territorio desconocido. Cuarenta y cinco años después, esta ecóloga norteamericana es considerada una de las pioneras de la investigación de la cubierta forestal.

Ha acuñado un término, arbonauta, para definir su investigación, que ha cambiado por completo el conocimiento que tenemos sobre los bosques y las selvas, que conforman, defiende esta norteamericana, el octavo continente, que concentra la mayor parte de la biodiversidad terrestre. De paso, también ha abierto camino a las mujeres en un ámbito tradicionalmente masculino. Lowman, autora del libro La arbonauta (Ed. Galaxia Gutemberg, 2026), visitó Barcelona recientemente para participar en el Festival Liternatura, de literatura sobre la naturaleza.

¿Caminamos por el bosque sin levantar mucho la mirada. ¿Qué la llevó a usted a hacerlo?

— De pequeña me encantaba coleccionar piedras, prensar flores silvestres, recoger nidos viejos de pájaros. Me gustaba mucho la naturaleza, pero pertenezco a una generación en la que se decía que las niñas no podíamos ser científicas. Era muy decepcionante. Me consolaba pensando que quizás podría acabar trabajando de ayudante de guarda forestal o de barrendera en los parques. Continué aprendiendo todo lo que podía sobre la naturaleza y, ya un poco más mayor, me di cuenta de una cosa curiosa: los forestales, que eran todos hombres, solo estudiaban la parte superior de los árboles cuando ya habían sido cortados. Nunca iban más allá de dos o tres metros. Esto me hizo pensar que yo debía estudiar el árbol entero, porque no se había hecho nunca. Así fue como me interesé por las hojas y cómo empezó todo.

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¿Qué descubrió cuando subió?

— Primero tuve que inventar todo tipo de herramientas para poder llegar allí! Porque hay árboles, como las secuoyas, que pueden llegar a medir más de 100 metros de altura. Había que trepar. Esto me llevó a fabricarme mis propios sistemas de escalada, que al principio eran una especie de honda con una pieza metálica, me cosí un arnés y pedí cuerdas prestadas. Y así empecé a explorar aquel mundo. Me transformé en una arbonauta, un término que acuñé para referirme a quien explora las copas de los árboles.

¿Cómo fue la primera vez?

— Estaba muerta de miedo. Estaba convencida de que la cuerda se rompería o que la rama se partiría o que me encontraría hormigas que me morderían. Pero mi sistema de escalada funcionó y me dio curiosidad todo lo que veía, y quería volver una y otra vez. ¡Era como descubrir Times Square, en Nueva York, la noche de Año Nuevo! ¡Allí arriba había una actividad extraordinaria! Después, con el tiempo, desarrollé una segunda gran herramienta: las pasarelas elevadas entre las copas de los árboles. Cuando ya están construidas, es muy fácil acceder a la cubierta forestal sin acabar empapada de sudor por el esfuerzo de trepar.

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A menudo afirma que sabemos más de la Luna que de las copas de los árboles.

— Es verdad. Conocemos perfectamente el diámetro de la Luna, sabemos de qué está hecho su suelo y muchos otros detalles. En cambio, hasta hace muy poco ni siquiera sabíamos qué vivía sobre nuestras cabezas. Por eso llegué a llamar la cubierta forestal el octavo continente. Recuerdo que la primera gran sorpresa que tuve al empezar a estudiar las hojas es que en las selvas tropicales pueden vivir hasta veinte años. ¡Y yo que pensaba que durarían meses, como las de los bosques templados donde había crecido! La otra sorpresa fue comprobar que aquellas hojas eran comidas constantemente por insectos. Esto abrió todo un campo de preguntas sobre las relaciones entre los árboles y los animales.

¿Los drones han cambiado este trabajo?

— Nos ayudan mucho. Permiten saber qué árboles florecen o detectar plagas. Pero aún no pueden sustituir la observación directa. No te dirán qué insecto está polinizando una flor ni qué musgo crece sobre una corteza. Para muchas preguntas todavía tenemos que subir a los árboles.

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¿Después de 45 años estudiando las copas, qué es lo más importante que ha aprendido?

— Hay cientos de millones de hectáreas, de bosques, en todo el planeta y unas 70.000 especies de árboles. Yo solo he estudiado unas 60, menos del 1% de la diversidad existente. Las copas son la parte viva, porque casi todo el tronco es madera muerta, donde vive aproximadamente la mitad de la biodiversidad terrestre. Son un enorme hábitat que concentra insectos, pájaros, musgos, líquenes y miles de especies que aún conocemos muy poco.

¿Por qué es tan importante conservar esta biodiversidad?

— Porque es una biblioteca genética inmensa. Cuando talamos un bosque no sabemos exactamente qué estamos perdiendo. Quizás una futura medicina, un polinizador esencial para nuestros cultivos o una especie que cumple una función ecológica clave. Todavía desconocemos buena parte del contenido de esta biblioteca, porque, lamentablemente, no hemos estudiado lo bastante bien las copas para predecir estas pérdidas. Por eso es tan importante conservarla, y comprenderla mejor para poder protegerla y mantenerla saludable.

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Ha trabajado mucho en Etiopía y Madagascar. ¿Por qué?

— Porque son lugares donde la biodiversidad está gravemente amenazada y a menudo faltan recursos para protegerla. Los árboles desaparecen porque los agricultores necesitan más tierras o porque los niños cortan leña para sus familias porque no disponen de otras fuentes de energía. En Etiopía, por ejemplo, queda menos del 5% de los bosques originales. Allí trabajo con los sacerdotes porque los últimos árboles del país se encuentran en los recintos de las iglesias. Allí construimos muros sencillos alrededor de estos bosquecillos junto con la población local para intentar preservar este patrimonio biológico del país. Madagascar es otro ejemplo, donde también solo queda menos del 5% del bosque original.

Más allá de su valor ecológico, los árboles también tienen un valor cultural y emocional.

— Absolutamente. Se estima que unos 5.000 millones de personas en el mundo los utilizan de refugio espiritual, no en Occidente, pero sí en otras culturas. Sabemos que las personas que viven rodeadas de árboles tienen mejor salud física y mental. Que los pacientes en los hospitales se recuperan más rápidamente en entornos verdes. Los árboles forman parte de nuestro bienestar de muchas maneras diferentes.

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¿Cree que los bosques podrán continuar actuando como sumideros de carbono en un planeta cada vez más cálido?

— Sí, pero solo si mantenemos bosques extensos y conectados. Cuando fragmentamos los ecosistemas, pierden capacidad de retener agua, se debilitan y almacenan menos carbono. Necesitamos grandes superficies forestales sanas. El almacenamiento de carbono que proporcionan es absolutamente crítico.

Resulta fascinante la idea de la inteligencia colectiva de los árboles, que puedan comunicarse entre ellos, enviarse mensajes. ¿Qué sabemos realmente sobre este fenómeno?

— Uno de mis mentores, Jack Schultz, fue el primero en demostrar que cuando un insecte muerde una hoja, esta libera compuestos químicos que alertan a los árboles vecinos que reaccionan activando mecanismos de defensa, produciendo más taninos y fenoles para proteger sus propias hojas. Es un sistema de intercambio de información a través de la cubierta forestal que aún no entendemos completamente, porque es muy complejo. Ahora estamos comenzando un nuevo proyecto para escuchar cómo las hojas comunican el estrés.

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¿Escuchar?

— Sí, queremos investigar, colocando sensores sobre las hojas, si podemos detectar el estrés de las plantas a partir de los sonidos que generan sus procesos fisiológicos. Tú no puedes oír tu sangre circular por las venas y arterias de tu cuerpo, pero un médico sí que puede detectar sonidos que indiquen si todo funciona correctamente. Con las plantas, sucede algo similar: no podemos oírlas hablar, pero podemos traducir ciertas señales en sonidos que indiquen si una hoja está bajo estrés o si el agua circula correctamente. Usamos un dispositivo llamado PlantWave y este julio lo llevaremos a la Amazonia con algunos estudiantes. Podéis seguirlo a través de treefoundation.org.

También ha tenido que romper barreras como mujer científica.

— Muchas. Fui la primera estudiante de doctorado que investigaba selvas tropicales en la Universidad de Sídney. Y los comentarios que recibía eran cosas como: "¿Qué haces aquí? Te acabarás casando y tendrás hijos". En aquella época no existía la igualdad de oportunidades. Cuando me presenté a puestos de trabajo en Australia, me respondían: "No te podemos contratar porque tienes dos hijos". Ni siquiera había entrevista. La conversación terminaba ahí. Después, cuando empecé a ganar reconocimiento por mi investigación, me topé con otras formas de discriminación más sutiles. Algunos hombres se sentían molestos porque una mujer tuviera éxito. Y, en mi caso, además, trabajaba en un campo muy físico, porque subía a los árboles, y. había muchas expediciones donde sencillamente no querían a una mujer.

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¿Qué es lo que más le preocupa de cara al futuro?

— Que mi generación deja una deuda enorme a las siguientes. Durante mi vida se han perdido aproximadamente la mitad de los bosques del planeta. Hemos alterado el clima, degradado recursos hídricos y contaminado el medio con plásticos. Los jóvenes tendrán que afrontar una tarea gigantesca para reparar todo esto.

¿Y qué hace que mantenga la esperanza?

— Que cada vez hay más personas interesadas en entender cómo funciona la naturaleza. Necesitamos buena ciencia, pero también buenos comunicadores. Si la gente entiende hasta qué punto depende de los bosques, será mucho más fácil protegerlos.