Conservación

Una expedición catalana sale al rescate del mar de Aral (y del planeta)

Reanudar el enorme lago asiático podría ahorrar emitir a la atmósfera el equivalente a tres años de emisiones de CO2 de un estado como España

El equipo de investigación
Conservación
16/07/2026
8 min

Poco podían imaginar que su investigación sobre el papel que tienen los ecosistemas de agua dulce en la crisis climática acabaría convirtiéndose en una aventura épica y arriesgada hacia lo desconocido. En 2022, un pequeño grupo de investigadores catalanes se embarcó en una expedición al más puro estilo Shackleton hacia el corazón del mar de Aral. Lo que había sido décadas atrás el cuarto lago de agua dulce más grande del mundo y uno de los principales reguladores climáticos de Asia central, es hoy un desolador desierto de arena y sal, un vestigio de uno de los mayores desastres ambientales causados por la acción humana.

“Antes de viajar a Kazajistán, no sabíamos ni qué nos encontraríamos”, asegura, todavía emocionado, a el ARA Rafael Marcé, investigador del Centre d’Estudis Avançats de Blanes (CEAB-CSIC). Durante días esta pequeña expedición catalana, acompañada por guías locales, recorrió más de un centenar de kilómetros a través de este paraje inhóspito, sin tener claro si los vehículos resistirían, si una lluvia inesperada les dejaría atrapados en un inmenso lodazal en medio del desierto, o si la costra de sal se desmoronaría y se hundirían en la orilla del Aral. Con jornadas maratonianas a más de 40 °C, pasando noches en el desierto con agua y comida justos, y con discusiones con los guías locales que no les querían llevar a algunos lugares por considerarlos demasiado peligrosos.

“Aunque no lo buscábamos, fue una aventura integral”, reconoce Marcé.

La misión catalana perseguía responder a una pregunta que hasta ese momento nadie se había planteado: ¿qué pasa con el CO₂ que durante miles de años había quedado enterrado en los sedimentos cuando este mar, con una superficie comparable a la de toda Irlanda, se desvanece?

Después de cuatro años analizando muestras, ahora publican la respuesta en Science: los ecólogos del CEAB, que también han contado con la colaboración de expertos de otras universidades y centros de investigación catalanes, han demostrado que el mar de Aral es una pieza clave, hasta ahora ignorada, del ciclo global del carbono. Y apuntan que reenundar el mar lo convertiría en un aliado para combatir la crisis climática.

El mar que se evaporó

En los años 60 el gobierno de la antigua URSS decidió desviar agua de los dos enormes ríos, el Amu Daria y el Sir Daria, que alimentaban el mar de Aral, para destinarla a cultivos de regadío. En concreto, bajo el mando de los presidentes Jrushchov primero y Brézhnev después, se decidió que en aquella zona, entre Kazajistán y Uzbekistán, que era desértica, se cultivaría algodón, un cultivo que necesita cantidades ingentes de un recurso del que no se disponía allí.

Por ello, para hacerlo posible, se construyeron infraestructuras de trasvase del agua de los ríos hacia los campos de cultivo. Esto destruyó el delicado equilibrio hidrológico del mar de Aral, que comenzó a evaporarse sin remedio.

El mar seco
Paisaje y un equipo de investigación sobre la parte seca del Mar de Aral

En poco más de medio siglo, perdió cerca del 90% de su superficie. Las ciudades pesqueras quedaron a cientos de kilómetros de distancia del agua. Especies vegetales y animales endémicas desaparecieron. Las tormentas de polvo y de sal se volvieron habituales y una inmensa llanura desértica ocupó el espacio donde antes había agua.

“Fue un desastre diseñado”, denuncia Marcé, que explica que entonces los climatólogos rusos ya sabían cuáles serían las consecuencias de sus acciones. “Tenían claro que el mar se secaría y que eso provocaría un enorme revés social: había ciudades enteras de 40.000 y 50.000 habitantes que dependían de él y una importante industria conservera. Y decidieron sacrificarlos”, lamenta Marcé.

Las consecuencias climáticas y sociales fueron mucho más allá de la desaparición del lago. La mayoría de aquellas familias se quedaron sin medios de subsistencia y, además, se exacerbaron los extremos de temperatura en la región.

De alcantarilla a emisor

Hace 20 años se empezó a estudiar el papel que tienen los ecosistemas acuáticos como sumideros del CO₂que los humanos emitimos a la atmósfera. Este carbono de origen antropogénico es absorbido por árboles y plantas que, con la luz solar y el agua, generan hojas, ramas, flores, frutos, es decir materia orgánica, parte de la cual acaba siendo arrastrada por el agua de ríos y acaba en lagos o embalses interiores. Y parte de este material acaba en sedimentos enterrados, en algunos casos miles de años.

Ahora bien, en algunas regiones, como la Mediterránea, los ecosistemas acuáticos a menudo se secan. Cuando esto pasa, cuando se va la capa de agua que hacía de cubierta, el oxígeno atmosférico activa las comunidades microbianas presentes en los sedimentos, que empiezan a degradar la materia orgánica acumulada durante años, y liberan CO₂y metano, que contribuyen a la crisis climática.

Hace quince años, Marcé e investigadores de la Universidad de Barcelona comenzaron a estudiar este fenómeno en Cataluña. “Recuerdo perfectamente el momento en que se me encendió la bombilla. Iba en autobús hacia el aeropuerto leyendo el diario cuando vi la noticia de que el lago Poopó de Bolivia, gigantesco, se había secado por completo”, afirma el ecólogo del CEAB. Aquello le hizo entender que aquel fenómeno que estudiaban en pequeños ecosistemas catalanes podía tener una dimensión global. Y el mar de Aral era el laboratorio natural ideal, el lago interior que se estaba secando más grande del planeta.

Aparato para medir.
Muestra de subsuelo.

Su hipótesis era que este mar estaba devolviendo progresivamente a la atmósfera ingentes cantidades de carbono. “Cuando un lago se seca, no solo nos enfrentamos a un problema hidrológico, ecológico o socioeconómico. El ciclo del carbono también se altera de maneras que, hasta ahora, han estado prácticamente ausentes de la contabilidad climática”, apunta la también investigadora del CEAB-CSIC y coautora del estudio Núria Catalán.

Después de una odisea de cerca de cuatro años para conseguir financiación, finalmente obtuvieron un proyecto del Plan Nacional de Investigación, gestionado por el ministerio de Ciencia español. “Tuvimos que hacer verdaderas filigranas con los únicos 150.000 euros del Gobierno español con los que contábamos”, afirma este ecólogo. En 2022 consiguieron llegar al centro del antiguo mar y recorrieron el desierto recogiendo muestras de sedimentos en los lechos del lago, midiendo emisiones de CO₂y metano. Emplearon técnicas de teledetección, incluyendo datos satelitales sobre biomasa vegetal y fotogrametría con drones para reconstruir la dinámica del carbono a lo largo de más de cinco décadas de desecación.

“Hicimos una especie de viaje en el tiempo”, espeta Marcé. El proceso de desecación había impreso una cronología sobre el lecho del lago, cada franja del lecho correspondía a una época diferente. Así, caminando desde las que alguna vez fueron las orillas del mar de Aral hasta el centro era posible encontrar sedimentos que se habían secado desde los años 60 hasta hace solo pocos años.

La hipótesis de los investigadores catalanes era clara: si todos aquellos sedimentos contenían inicialmente cantidades similares de carbono, los que hacía más tiempo que estaban expuestos habrían perdido mucho más porque los microorganismos habían tenido décadas para consumirlo. Los datos confirmaron esta idea.

Un tesoro escondido

Como publican en un artículo en la revista Science, han calculado que desde 1960 los sedimentos expuestos del mar de Aral han liberado 748 megatones de CO, es decir, 748.000 millones de kilos de este gas. También han visto que todavía quedan unas reservas enormes de carbono enterradas bajo el antiguo lecho del lago que aún no han sido liberadas. Si el sistema se anegara parcialmente, afirman los investigadores en el trabajo, todavía estaríamos a tiempo de evitar la emisión de 605 megatones adicionales de CO. Para hacernos una idea, esta cantidad equivale a cerca de tres años de emisiones actuales de gases de efecto invernadero causadas por la actividad humana en España.

Para Marcé, este descubrimiento es muy relevante: "Hay un tesoro oculto de carbono bajo el mar de Aral. Si estos sedimentos permanecen expuestos, el carbono continuará liberándose. Si el mar se anega, este mismo carbono podría pasar de ser una fuente de emisiones a formar parte de la solución climática".

Pero, ¿cómo se puede anegar este mar? Porque el Banco Mundial hace décadas que financia proyectos y estudios para intentar recuperar este ecosistema sin éxito. El contexto geopolítico es complejo: los ríos que podrían llevar agua de nuevo al lago pasan por siete países diferentes y sus economías dependen en buena parte de la agricultura. “Es realmente un puzle muy complejo que solo se puede resolver con una acción internacional coordinada y mucha voluntad política”, considera Marcé.

Ahora bien, los investigadores catalanes plantean una forma de recuperar parte del agua del mar de Aral, empezando por mejorar los sistemas de irrigación de los cultivos. “Tienen una eficiencia en algunos puntos inferior al 10%. Hay mucho margen para aumentarla y recuperar muchísima agua que podría volver a llegar al mar”, propone Marcé, que remacha que: “Hablamos de un sistema de irrigación que se ve desde el espacio. El cultivo del algodón representa un peso de dos cifras en el PIB de estos países”.

Modernizar este sistema supondría una inversión de decenas de miles de millones de euros. Pero es precisamente aquí donde el papel de sumidero del Mar de Aral ofrece una solución potencial. Tal como plantea el estudio, esta reserva de carbono podría ser una oportunidad de mitigación climática que hasta ahora no se había tenido en cuenta: monetizar el carbono almacenado en los sedimentos mediante créditos de carbono podría movilizar financiación internacional que permitiera mejorar la irrigación y, de rebote, rehundir parcialmente el Mar de Aral.

“Hemos contabilizado que en el mar de Aral quedan por emitir tantos créditos de carbono como toda la oferta mundial que ahora hay sobre la mesa de estos créditos”, destaca Marcé. Y esto, dice, ofrece una solución.

9.700 millones de dólares

Se pueden certificar los proyectos de mejora de regadío si así se permite reclamar créditos de carbono para reanegar el lago y así reactivar este sumidero de carbono. Los investigadores han evaluado medidas para mejorar las aportaciones de agua de los ríos al mar, no tan solo una mejor eficiencia del riego, sino también la optimización de las infraestructuras de transporte del agua y una gobernanza más coordinada entre los países de la cuenca.

A partir de estos escenarios de restauración, han estimado que con una inversión de unos 9.700 millones de dólares se podría restaurar alrededor del 50% de la superficie que tenía el lago en 1960. Esto generaría unas 323 megatones de CO₂en créditos de carbono comercializables.

Aunque la restauración completa del mar de Aral sigue siendo un reto colosal, a escala técnica, social y también política, porque los ríos que alimentaban el lago atraviesan varios países, la financiación climática podría ser un impulsor.

“Se debe reenundar, no tan solo por su papel clave como sumidero de CO₂, sino también por imperativo moral y ecológico. El lecho seco es como toda Irlanda, una escala enorme que hace difícil imaginar la magnitud”, defiende Marcé.

El mar de Aral, que ha secuestrado el carbono en sus sedimentos durante miles de años, es, quizás, el ejemplo más espectacular de un fenómeno que también afecta a otras grandes masas de agua continentales que también están desapareciendo en todo el mundo, como el lago Urmia (Irán), el lago Chad (frontera entre Chad, Níger, Nigeria y Camerún), el mar de Salton (California), el Gran Lago Salado o incluso ecosistemas mucho más pequeños, como las Tablas de Daimiel, la laguna de Gallocanta o el Parque Nacional de Doñana, en España.

Que estos espacios desaparezcan, no tan solo comporta una pérdida irremediable de biodiversidad, de economía, de paisaje. También se desmonta una pieza del mecanismo natural que regula el carbono del planeta. Quizás también, bajo los inhóspitos desiertos que dejan atrás, aún pueden quedar escondidos algunos de los grandes aliados desconocidos contra el cambio climático.

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