Literatura

Jaume Cabré: “Cuando he acabado una novela no la vuelvo a leer nunca más”

Jaume Cabré ya está vacunado del terror de la página en blanco y del peligro de repetir la fórmula del bestseller. Son ventajas de estar a punto de cumplir 74 y de tener, junto a la escultura de piedra y metal del Premi d'Honor de les Lletres Catalanes (2010), una estantería que va del techo hasta el suelo ocupada por un ejemplar de cada una de las traducciones de sus novelas a una veintena de lenguas. El contraste no puede ser más exótico: junto a Yo confieso, Eu confieso y Confessions, están los tres volúmenes de Las voces del Pamano en la traducción coreana, A Pamano zugásá, Die Stimmen desFlusses o Le voci del fiume, y así hasta casi un centenar de volúmenes que han hecho viajar la literatura catalana a los cinco continentes. No muy lejos de la estantería hay un piano abierto y un atril, con partituras de Schubert, Dvorák y Beethoven, porque Cabré es un melómano practicante, concretamente del violín, pero solo en familia.

Cabré acaba de publicar su última novela, Consumidos por el fuego, que dio a conocer al grupo de amigos que hace muchos años que le sirven de focus group con la única instrucción de no tener piedad en las críticas (“Una vez, una observación suya sobre una historia que no acababa de estar bien resuelta me costó cuarenta páginas más de novela”). A uno de ellos le confesó que no estaba seguro de incluir a un jabalí que hablaba entre los personajes principales de la obra. La respuesta fue “¿Y qué?” Y este “¿Y qué?” explica el actual ademán exterior del autor, como queda reflejado en la entrevista. Sí, Las voces del Pamano y Yo confieso fueron dos sinfonías y Consumidos por el fuego es un cuarteto de cuerda. ¿Y qué? El despacho de Cabré sigue siendo una pequeña pieza soleada, forrada de libros, decorada con diplomas en griego o en sueco, con dibujos de los nietos, a los que quiere con locura, y con fotografías de hace años, con los hijos pequeños, cuando apenas había podido dejar el instituto y escribía para la televisión. En la mesa descansan ordenadamente plumas, carpetas, diccionarios y hojas en blanco.

Gracias por recibirnos en su casa, una vez más.

— La alegría es mía también.

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Como la última vez nos dijo que después de escribir una novela se desmaya, ¿cómo está?

— [Ríe.] Bien, bien. Todavía no me he desmayado.

¿De dónde sale la idea de la falena que no puede evitar girar alrededor de la luz y quemarse?

— No te lo sabría decir, pero son unas criaturas que me dan no sé si decir pena, porque tampoco lo saben, ellas, pero de pequeño me fijaba mucho en ellas. Igual que con las luciérnagas. Recuerdo los veranos en Tona, donde veraneé hasta los 15 o 16, que salías por la noche y el panorama era espectacular, todo lleno de lucecitas. Son imágenes que tienes dentro de ti.

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Y de aquí a la metáfora de lo que nos pasa a los humanos, que también nos sentimos atraídos por luces peligrosas que nos pueden acabar consumiendo, solo hay un paso.

— Claro, también viene a ser una cosa de estas. Pero tampoco estoy seguro de que esta haya sido la razón de Consumidos por el fuego, porque me parece que no he estado nunca seguro de la razón de ninguna novela que haya escrito. “¿Y por qué has hecho esto?”, me preguntan. Pues los personajes, o la misma evolución de los hechos, me llevan hacia un lado. Y entonces me digo “Aquí puede ser interesante”, pues entonces me adentro en ello, y si hay una cosa que no me gusta o me aburre significa que no voy bien y busco otros lugares para encontrar sentido a la escritura.

Su penúltimo hijo literario pesó un kilo cien gramos, mientras que ‘Consumidos por el fuego’ pesa trescientos diez. ¿Concentró la historia deliberadamente?

— [Ríe.] No. Si el Yo confieso salió muy gordo y ahora el Consumidos por el fuego es más bien una cosa delgada, es porque la historia es la que manda. Y también mandan los personajes y lo que estoy viviendo con ellos, no hay una propensión previa ni nada de esto. Del Consumidos tengo una montaña así de papeles, de cosas que fui escribiendo, una versión, otra versión, esto así, esto asá, hasta que al final me digo que todo eso es paja y que solo hablaré de una cosa.

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Es decir, que no siente la presión de hacer ‘Pamanos’ y ‘Confesos’.

— Al contrario, lo que sí tengo en cuenta después de haber hecho Las voces del Pamano es que no quiero escribir Pamano dos. Esto me daría mucho miedo, no lo quiero hacer y, por lo tanto, vigilo no repetirme. No, no me quiero repetir. Para mí, la novela siguiente es otra historia, esto ya lo he acabado, ya me he desmayado y ya está, se ha acabado, venga, ¿y ahora qué? Y entonces lo que sí hago entre una novela y la otra es publicar unos libritos pequeños de reflexiones sobre lo que he escrito o sobre cosas que he ido viendo o aprendiendo a medida que he ido escribiendo la última novela.

Lo que pasa es que nos había acostumbrado a tramas que atraviesan siglos y a ocho capítulos iniciales para conocer a todos los personajes.

Pero esto significa que soy libre y que me siento libre de escribir lo que me apetece en cada momento. Sí, soy libre escribiendo así. Ha ido como ha ido. Los mismos personajes y la historia que vas haciendo ya te van diciendo hacia dónde vas. ¿Te interesa? Pues adelante. “Oh, es que será delgado”. ¿Y qué? Con el Yo confieso, o incluso con Las voces del Pamano, no hacía un libro para hacerlo más gordo, lo que pasaba es que la historia que iba generando me pedía páginas, y en cambio en esta última veía que las cosas son mucho más precisas y, por lo tanto, que no me tenía que gastar tanto papel. Y estoy contento de esta contención, de decir “Eeeeey, chico, tranquilo, este personaje y ya está”.

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“Y ya está” significa que se ha asegurado que la historia ya no tenía más recorrido.

— Hasta el punto de que cuando he acabado una novela y ya se la he dado al editor, no la vuelvo a leer nunca más, porque la he leído tantas veces mientras la he hecho que no me hace falta. Quiero ir a otro mundo, a otro mundo que no sé qué será, con un personaje que me enganche y diga “¡Ey! Este me interesa”. Y entonces hablamos, el personaje y yo, y las historias que puede haber... Es muy lento, esto, porque a veces dejas correr una historia en la que has estado trabajando durante dos o tres meses. Yo lo que no quiero es que sea una obligación.

Al protagonista lo echan de una escuela donde trabajaba de profesor de literatura por haber escrito un verso de un soneto de Josep Carner en la pizarra durante el franquismo. ¿Es una escena basada en hechos reales?

— Sí, está basada en hechos reales. Cuando acabé la mili me casé, con mi mujer fuimos a buscar un piso y fui a dar clases al primer lugar que encontré, y era una escuela de la época. Era el año 70 o 71, y ahí empecé a dar clases de gramática. Y unas señoras muy extrañas, como la gente que mandaba, me llamaron la atención: “Se tienen que vigilar estas cosas”, me dijeron, porque, claro, esas mujeres tenían el miedo de esa época, el miedo de la época de Franco. La literatura catalana no se estudiaba.

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“Se puede prohibir una literatura?”, pregunta el protagonista.

— Sí, esto ya es un recurso más literario.

¿Sigue manteniendo la disciplina de levantarse temprano y ponerse a escribir?

— Sí. Soy muy casero... El hecho de ser abuelo... Antes sufría por los hijos, ahora sufrimos por los nietos, y esto también hace que vea el mundo de otro modo; y la familia, los amigos, son elementos absolutamente claves para la marcha de mi vida. Espero no tener que hacer promoción internacional, y lo digo por cansancio. He viajado mucho por los libros, he hecho amigos en Polonia, por ejemplo; iba a menudo por cualquier cosa que escribía, pero también a Alemania, a Francia... A Grecia es espectacular, y a más lugares, pero Polonia quizás el que más. Esto te da el placer de conocer a traductores, que acostumbran a ser gente muy seria. Es un poco impresionante: en cualquier país, Corea del Sur, por ejemplo, hablan todos un catalán perfecto, pero son del país donde están. Así es como la literatura va engendrando amigos.

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¿La literatura catalana sigue siendo el secreto mejor guardado de España?

— [Sonríe.] Esto es del 2007, cuando se celebró la Feria del Libro de Frankfurt y la invitada fue la literatura catalana. Y siempre recordaré lo que decía la gente en Alemania, porque estaban asombrados de ver la dinámica que había entre las editoriales catalanas y las ganas de publicar, de darse a conocer. Y un editor alemán, creo, me dijo esto: “La existencia de la literatura catalana es uno de los secretos que España ha guardado mejor durante muchos años, pero ahora ha explotado y ahora ya sabemos que existe”. Y es que a la gente que le interesa la cultura, le interesa la cultura. Diga lo que diga España, hay gente en el mundo dispuesta a decir “A ver qué dicen estos catalanes”.

En el mundo en el que vivimos, el estado es la medida de homologación internacional de una identidad. Si lo tienes, tu lengua, tu cultura, se vuelven normales. Si no lo tienes, tienes que hacer una cola más larga.

— Sí, esto forma parte de nuestro problema. Hay muchas razones para querer ser independientes, y las hay desde el punto de vista cultural. Es la manera de ejercer el derecho de alimentar nuestra lengua y nuestra literatura, y la posibilidad de expandirnos, no tan solo los escritores, sino todos los artistas. Gente como Joan Pere Viladecans [señala un cuadro que tiene colgado en la pared de enfrente] que hacen una obra muy importante y que, si tenemos un estado propio, pueden tener una presencia normalizada sin que haya problemas, sin que haya malas caras por parte de España.

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¿Qué convivencia tiene con las pantallas y con la aceleración del tiempo informativo?

— Hay muchísimas cosas que tengo que pedirle a mi hijo o a mi hija o a una nieta de ocho años o a un nieto de diez años. “Oye, tú, no sé como se hace esto”, y ellos, muy educados, te dicen “Hombre, no se hace así”. Y tú: “Por favor, hazlo más despacio”. Son dos mundos diferentes.

¿Yendo de la cultura de la palabra a la cultura de la imagen perderemos hasta la camisa?

— ¿En qué sentido?

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En el sentido de perder la palabra leída y perder capacidad de expresión y comprensión a base de vivir en una vida de imágenes. De ver más que de leer.

— No estoy de acuerdo con esto, pero quizás es porque me paso el día leyendo y pienso que todo el mundo hace lo mismo.

Ahora leeremos el ‘Consumidos por el fuego’. Y si me lo permite, que el próximo no sea dentro de diez años.

No tengo prisa y, por lo tanto, no sé si habrá uno o no, pero yo, cada día, cada cada día, me siento arriba a pensar posibilidades.