Isma Garcia: "Me considero un arqueólogo, pero del ciclismo"
Restaurador de bicis centenarias y creador de @ferrosambrodes
GranollersEs imposible cruzárselo y no mirarlo. Maillot de lana, culote de punto, zapatillas de ciclista de los años cincuenta, una gorra de béisbol en lugar de casco, gafas vintage y una cámara de repuesto en el pecho. Pero lo que llama más la atención es la bicicleta. “Es holandesa, de 1908, hecha de hierro y poco más. Una bici de carrera incómoda en la posición, sin marchas y frenos de cuchara sobre los neumáticos con la que he hecho cientos de kilómetros”. Isma Garcia (Granollers, 1992) ha mamado el ciclismo desde muy pequeño, crecido en una familia vinculada al casi centenario Club Ciclista de Granollers. Pero no fue hasta la veintena que se inició en solitario en una afición con la que ha acabado encontrando una gran comunidad en las redes sociales: restaurar bicicletas centenarias.
Desde la cuenta de Instagram Ferros amb Rodes, donde acumula ya casi 40.000 seguidores, da vida a bicicletas antiguas, pero también explica lo que más le apasiona: las historias detrás de quién las ha hecho pedalear. Y la constancia le ha dado frutos este año coincidiendo con el Grand Départ del Tour desde Catalunya. Hemos quedado en Les Franqueses del Vallès después de días frenéticos inaugurando dos exposiciones en Catalunya con motivo del paso de la carrera francesa. “Estoy soñando”, exclama. Hasta el 27 de septiembre se puede visitar en el museo de Granollers una exposición que a través de la evolución de las bicicletas por décadas explica el pasado ciclista de la ciudad.
Bicicletas “raras”
Hoy recorreremos el trayecto que hace casi cada día desde su casa hasta ir a trabajar, desde las Franquesas del Vallès, donde vive, hasta Granollers. “Cada día vengo por este camino y la gente ya me conoce porque voy con diferentes bicicletas raras”, explica riendo. Evita decir cuántos hierros tiene en casa, pero asegura que son muchos y repartidos sobre todo entre familia y amigos. “Al final, con este tipo de bici, cuando das un paseo por un camino así, antiguo, por el medio del campo, es como transportarte al pasado –reflexiona–. Es como viajar en una máquina del tiempo”.
García mira el entorno con gafas del pasado. Nos imaginamos las calles de Granollers llenas de bicicletas hasta mediados del siglo XX. “Al principio, la bicicleta era un lujo, pero muy rápidamente se convirtió en la cotidianidad, hasta el punto de que había que pagar un impuesto, los arbitrios, para poder circular por algunos caminos y carreteras”. Era el peaje de la época, a efectos prácticos. Pero lo que también le impresiona es ver el impacto que tuvo el paso del Tour en los años cincuenta y sesenta por la zona. “Era muy común que muchos jóvenes cogieran la bici de paseo del padre y pusieran el manillar del revés, para hacerla de más competición”.
De las bicis centenarias, se queda con la “autenticidad” que tenían respecto a las de hoy en día. Hechas en un negocio familiar, que muchas veces pasaba de padres a hijos, y pensadas sobre todo para durar toda la vida. Lo explica mientras damos una vuelta en la plaza de la Porxada de Granollers, del siglo XVI, destruida durante la Guerra Civil y después reconstruida. Estamos a punto de entrar al Museo de Granollers, donde década a década desde el siglo XIX podemos entender cómo han evolucionado las bicicletas. “Estas bicicletas tienen más de cien años y continúan funcionando sin que les hayamos hecho prácticamente nada –relata con entusiasmo–. Tienen una estética y un amor puesto en el producto que encuentro que es algo uniquísimo”.
Por ejemplo, vemos el primer asiento prostático ya en los años ochenta del siglo XIX. Cómo se inventó la cadena y fue una verdadera revolución para democratizar la bicicleta. O una joya del ciclismo de los años treinta que ya lo tenía todo: cambio de marchas, una anilla antipinchazos e incluso una pequeña llave con aceite para engrasar la cadena mientras se pedalea. Las luces, como la que conduce García, también tienen su gracia: una vela con un muelle protegido con cristal para no apagarse. “Decían que eran para justo verte antes de tener el accidente”, dice con ironía.
El paso del Tour de Francia ha vuelto a poner Granollers en el mapa ciclista. García, sin embargo, espera que el legado vaya mucho más allá de las fotografías y las carreteras cortadas. “El Tour pasa en un día, pero lo que realmente importa es qué queda después”, defiende. Para él, la mejor manera de honrar la historia del ciclismo no es solo conservarla en un museo, sino también verla cada día en las calles: con más niños y jóvenes yendo a la escuela, más personas desplazándose al trabajo y más bicicletas formando parte de la vida cotidiana. Porque la mejor manera de preservar este patrimonio no es solo restaurarlo, sino también continuar escribiendo su historia pedalada tras pedalada.
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