El regreso de Jorge Javier Vázquez: vergüenza ajena

El lunes se estrenaba Cuentos chinos, el programa de Telecinco que tiene que competir con El hormiguero para robarle espectadores. De momento, sin embargo, el estreno ha resultado un fracaso, no solo de audiencia sino también a nivel de planteamiento y contenidos. Cuentos chinos pretende ser gamberro y políticamente incorrecto, como su título deja entrever, pero es una horterada descomunal propia de unos aprendices y de un mal gusto con el sello tradicional de Mediaset. Jorge Javier Vázquez aparecía vestido con aires orientales después de que unas bailarinas hicieran una danza de espíritu ninja. La ambientación de estética china era tan obvia y prefabricada que parecía un restaurante temático de Port Aventura. Un espacio pretendidamente majestuoso en el que no cabía la parte más relevante del programa: el ego de Jorge Javier Vázquez. El presentador apareció con la fatuidad de una folclórica resucitada y anunció a los espectadores que llevaba ciento diecisiete días sin salir en pantalla, como si la audiencia estuviera llorando pasando las páginas del calendario. El presentador no podía parar de hablar de sí mismo: de sus vacaciones, de sus objetivos profesionales, de sus enfermedades, de los disgustos del fin de Sálvame y de los tira y aflojas con la cadena. Repetía el “vuelvo” como si estuviera haciendo un favor a los televidentes.Vuelvo sin ningún tipo de ánimo revanchista, dijo después de hacer alusiones veladas a sus compañeros que no trabajan, hacer gala de un resentimiento doloroso y cargar contra los programas de Telecinco de este verano. Para amenizarlo visualmente, el realizador iba incluyendo en el decorado fotografías gigantes de Jorge Javier Vázquez medio desnudo, con el torso al aire, marcando musculatura, convirtiéndolo en una suerte de mártir erotizado al que había que adorar. Un esperpento que provocaba vergüenza ajena. Aquel planteamiento no destilaba ni siquiera sentido del humor. Solo un criterio grotesco en el que el presentador parecía embriagado de sí mismo.

Cuentos chinos no solo demuestra que Jorge Javier Vázquez tiene mucho cuento, sino que sus ínfulas profesionales le han hecho bajar la guardia. Pensaba que el impacto de su regreso sería suficiente para arrastrar a las masas. Y el resultado fue un programa insustancial, errático, ecléctico, donde el único hilo conductor eran juegos de palabras con el idioma chino. Un recurso caduco que delata poca sintonía con la sensibilidad cultural que la actualidad impone. Los colaboradores gritaban como si la audiencia fuera sorda. Regurgitaban los refritos de noticias curiosas que hacen en todas partes. Los reportajes no tenían intención alguna. La visita a la España vacía estaba empapada de clasismo, con influencers y concursantes de tercera línea infantilizando a las personas mayores de los pueblos de una manera impertinente y chapucera.

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Vázquez, convencido de ser un gran domador de circos, salió a pista y no tardó ni cinco minutos en ser devorado por el espectáculo. La prueba de que tantos años de Sálvame solo le han servido para involucionar profesionalmente y quedar reducido a una caricatura.